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domingo, 24 de diciembre de 2017

Hace 75 años - 24 de diciembre de 1942 - Segunda Guerra Mundial - Navidad en el infierno

Hace 75 años
24 de diciembre de 1942
Segunda Guerra Mundial

Navidad en el infierno

La Nochebuena llega a todos lados y el calendario marca el 24 de diciembre de 1942 en todo el mundo, incluso en Auschwitz-Birkenau, el infame campo de exterminio situado en la Polonia ocupada por los alemanes. El campo es recordado, sobre todo, por haber sido uno de los principales centros de implementación de la “Solución Final del Problema Judío”, un enrevesado eufemismo que significaba, ni más, ni menos, que el asesinato masivo de todos los judíos de Europa. En Auschwitz también estuvieron representados los otros muchos grupos humanos victimizados por la tiranía nazi. Miles de prisioneros de guerra soviéticos trabajaron hasta la muerte en la construcción de las instalaciones y multitudes de polacos comunes y corrientes también fueron huéspedes de la peor locura del Hitlerismo.

En “Eichmann en Jerusalén”, la filósofa Hannah Arendt afirma que, al igual que los judíos, los nazis tenían reservado a los polacos el destino de la desaparición. Cuando Hitler ordenó invadir Polonia a sus generales, buscaba espacios vacíos, no naciones conquistadas. El territorio polaco debía pues, ser vaciado. Después de perseguir a todas las elites polacas, la furia nazi se volvió contra los polacos comunes y corrientes, que arriesgaban la muerte inmediata, los trabajos forzosos o el internamiento en los campos por el más nimio pretexto.

En diciembre de 1942, con cruel ironía, los guardias de la “SS” instalaron un árbol de navidad para los prisioneros polacos de Auschwitz. Krystyna Aleksandrowicz, prisionera del campo, recuerda que, la víspera de navidad, los guardias ordenaron a los hombres del campo a transportar tierra, usando sus abrigos. Cuando juzgaban que los prisioneros no cargaban suficiente tierra, les disparaban y apilaban sus cuerpos a los pies del árbol, como macabros paquetes navideños. La historiadora Danuta Czech afirmaba que, en la tarde del 24 de diciembre, mujeres polacas encendieron velas en una rama de abeto que habían introducido de contrabando. Se cantaron villancicos en algunas barracas y en el bloque “18-A”, un sacerdote prisionero consiguió esconder un mendrugo de pan, que guardó para usar como improvisada hostia en la celebración de la misa del gallo.

Pocos días antes, el 11 de diciembre había sido el primero de los ocho días de la Janucá judía, la Fiesta de la Dedicación, comúnmente celebrada en conjunto con la Navidad cristiana y con la que comparte ciertas tradiciones. Millones de judíos la habían pasado encerrados en los guetos, aislados forzosamente del resto de la sociedad o derechamente prisioneros en los campos de concentración-exterminio. En muchos aspectos, 1942 había sido un año de “preparación” de las agencias nazis, que echarían a andar lo peor del Holocausto a partir de 1943. Hasta entonces, la tarea de dejar la Europa ocupada “judenfrei” (“libre de judíos”) se había realizado de manera brutal, pero aisladamente. A partir de 1943, se produciría una auténtica industrialización del asesinato, sólo igualada por los horrores del GULAG comunista. En ese diciembre de 1942, una joven judía polaca, Molly Greenberg, había decidido escapar al casi seguro destino de la muerte, que le aguardaba si se quedaba en su “shtetl”, su villita nativa. Tenía 17 años y ya había perdido a sus dos padres, así que abordó un tren y dejó su pueblito por primera vez en toda su vida. Se sacó el parche amarillo, que debían usar forzosamente los judíos y subió a un tren, que le llevaba a lo desconocido.

A poco andar del tren, la joven Molly notó la conmoción causada en el tren por el ingreso de un oficial de la infame Gestapo, que empezaba chequear a los pasajeros. Si la muchacha conseguía explicar por qué no tenía una estrella de David visible y tampoco papeles “arios”, todavía tendría que explicar por qué cargaba una vianda con ricas golosinas judías, típicas de la Janucá, que su hermana le había preparado para el viaje. En ese momento, mientras el oficial se acercaba hasta ella, que ya estaba paralizada por el miedo, una pequeñita, que estaba sentada con su madre junto a Molly, salió corriendo y repartió por el suelo una manzana que comía. El agente nazi resbaló en un trozo de la fruta y cayó hacia atrás. Algunos ayudantes lo sacaron del tren todavía aturdido y Molly se salvó, gracias a lo que ella misma calificó de milagro. Pasó el resto de la guerra pretendiendo ser “Mary”, una chica polaca sin ascendencia judía, y sobrevivió al infierno.

En el Frente Oriental, Iosif Stalin y sus generales tenían cerca de sus manos la primera gran victoria para la URSS, pero el encierro del 6º Ejército Alemán en Stalingrado, la exitosa “Operación Urano”, era visto en el Kremlin sólo como la primera parte de una estrategia mayor. La “Stavka”, el Cuartel General del Ejército Rojo, quería dar el golpe de gracia con la llamada “Operación Saturno”. Se trataba ésta de un ambicioso plan que preveía atacar al 8º Ejército Italiano simultáneamente con los Frentes Sudoeste y de Voronezh. Luego de destruir a los italianos, la idea era avanzar hacia Rostov del Don y aislar, en un gigantesco cerco, al resto del Grupo de Ejércitos del Don y a las dos grandes formaciones alemanas que luchaban más al sur, en el Cáucaso: el 1er Ejército Panzer y el 17º Ejército.

Los preparativos estaban en marcha para fines de noviembre, pero los soviéticos estaban muy contrariados por la porfiada resistencia de las tropas alemanas encerradas en el “Kessel” y, sobre todo, por la incertidumbre de lo que pudiera hacer el aún poderoso Grupo de Ejércitos del Don, al mando del general Erich von Manstein, un genial comandante que había causado los peores dolores de cabeza a los rivales de Alemania.

El Cuartel General de Hitler efectivamente había instruido a Manstein en el sentido de auxiliar al 6º Ejército. La “Operación Tormenta de Invierno” estaba concebida como una ofensiva que penetrara hasta las fuerzas del general Friedrich Paulus y dejara abierto un corredor, para hacerles llegar los suministros, que permitieran mantener su posición y pudieran participar así en las imaginarias conquistas de 1943, que eran posibles sólo en la mente enferma de Adolf Hitler. Manstein, por otro lado, sabía que el 6º Ejército no sobreviviría al invierno en el Volga, incluso con el corredor que, de cualquier modo, sería muy difícil de mantener abierto permanentemente. En caso de que el tirano nazi entrara en razón, Manstein pidió a su estado mayor que trazara un plan para permitir la evacuación del 6º Ejército y su reunión con el resto del Grupo de Ejércitos del Don. Esta segunda fase se llamaría “Operación Trueno.”

La fuerza principal estaría centrada en torno al 4º Ejército Panzer del general Hermann Hoth que se mantenía como una fuerza poderosa, a pesar de que algunas de sus unidades habían quedado encerradas dentro del cerco de Stalingrado. Junto a las fuerzas de Hoth, la punta de lanza estaría formada por el LVII Cuerpo Panzer, del general Friedrich Kirchner, que reunía dos divisiones rumanas de caballería y la 23ª División Panzer, reforzada por la 6ª División Panzer, recién llegada desde Francia y equipada con nuevos tanques, como el Panzer IV “Modelo G”, equipado con el nuevo cañón de 75 milímetros, y especialmente la nueva joya de las divisiones blindadas germanas, el Panzer VI, “Tigre”, fuertemente blindado y poderosamente armado con su letal cañón de 88 milímetros. Algunos “Tigres” ya habían luchado en septiembre en Leningrado y a comienzos de diciembre en Túnez, pero la ofensiva de Manstein sería la primera vez que lo harían en grandes números.

El 12 de diciembre, tras una breve preparación artillera, los tanques de Hoth atacaron en el norte. Los soldados dentro del “Kessel” escucharon el fragor lejano del combate y reaccionaron entusiasmados, seguros de que “el Führer cumpliría su palabra” de auxiliarlos. Sin embargo, Hitler no tenía intenciones de permitirles retirarse a posiciones más defendibles. Cada vez más aislado de la realidad, entre sus mapas de Rastenburg, estaba obsesionado con no permitir la retirada, que suponía catastrófica, además de suponer un duro golpe a su orgullo herido, en el duelo personal que sostenía con su colega tirano, Iosif Stalin.

Al segundo día de la ofensiva, la 6ª División Panzer estaba a 65 kilómetros del borde del “Kessel”. Los comandantes soviéticos locales esperaban que, de un momento a otro, las fuerzas blindadas que le quedaban a Paulus, lanzaran su propio ataque de rompimiento, generando esas pinzas blindadas que tantas victorias habían dado a la “Wehrmacht” en el pasado. Los generales soviéticos no sabían, sin embargo, que los 70 tanques que le quedaban a Paulus tenían apenas combustible para avanzar 20 kilómetros y, sobre todo, que Hitler había dado órdenes expresas de no intentar retiradas. El 19 de diciembre, un tal mayor Eximan, asesor de inteligencia de Manstein, voló hasta el “Kessel”, para sostener una entrevista con Paulus, de la que se han dado innumerables versiones. Sea lo que fuera que haya ocurrido, es claro que Manstein no tenía el valor de implementar “Trueno”, contraviniendo órdenes del tirano y Paulus tampoco haría nada que desconociera la cadena de mando.

Los soviéticos lanzaron su contraataque el 16 de diciembre, con una versión modificada de su plan original, que fue llamado “Pequeño Saturno”. A los dos días, el 8º Ejército Italiano había visto sus líneas derrumbadas, a pesar de resistir con heroísmo encarnizado en algunas posiciones. Con todos los tanques comprometidos en la ofensiva de Manstein, no quedaban a los italianos reservas móviles a que recurrir. Los ágiles y letales “T-34” penetraron profundamente en la estepa situada a la retaguardia del Grupo de Ejércitos del Don. El 23 de diciembre, los tanques soviéticos del XXIV Cuerpo de Tanques del general Vasili Badanov irrumpieron en las pistas del aeródromo de Skassirskaia, la principal base de aviones de transporte alemanes destinados a auxiliar Stalingrado. Los oficiales de la “Luftwaffe” dieron la orden de evacuación, al carecer de tropas de defensa de base, fuera de algunos cañones antiaéreos, que apuntaron a las tropas atacantes. Con los tanques soviéticos disparando y hasta embistiendo a los “Ju-52” que trataban de escapar, es sorprendente que 108 aviones de transporte se hayan salvado. No obstante, 72 aparatos se perdieron, es decir, un 10 por ciento de toda la flota de transporte aéreo de la aviación alemana.

Para el 24 de diciembre de 1942, la suerte de “Tormenta de Invierno” estaba echada. Con su flanco izquierdo amenazado y la posibilidad cierta de un avance soviético hacia Rostov, Manstein tuvo que reconsiderar toda su posición el sur de Rusia. En la noche del 23 al 24, las fuerzas blindadas de Hoth recibieron orden de replegarse. Nadie se atrevía a decirlo todavía, pero los soldados alemanes dentro de Stalingrado quedaban condenados. Por el momento, pasarían la Nochebuena en el frío de la estepa rusa, acosados por las envalentonadas unidades del Ejército Rojo.

Entre los miles de sitiados alemanes, está Kurt Reuber, pastor protestante, médico y artista. Poco antes de la Navidad de 1942, Reuber transformó su trinchera en un estudio y se puso a pintar, como pudo, lo que sería una Madonna con un Niño, sobre el reverso de un mapa ruso, a falta de otro papel. En la sencilla imagen, María abraza y envuelve al pequeño en su manto, intentando protegerlo y abrigarlo con el calor de su cuerpo. Alrededor de la pareja, se lee en alemán “Navidad en el ‘Kessel’, 1942. Luz, vida, amor. Fortaleza de Stalingrado”. Los soldados que veían la imagen se sentían profundamente conmovidos por la tierna sencillez del bosquejo, tan distinto al infierno creado por la Batalla de Stalingrado. El 9 de enero de 1943, perdida toda esperanza de relevo, Reuber entregó la imagen al doctor Wilhelm Grosse, comandante de su batallón, que estaba demasiado enfermo para seguir en el sitio y que sería evacuado a retaguardia por aire. Grosse pudo entregar la imagen a la familia de Reuber, que la preservó después de la guerra y fue finalmente donada a la Iglesia Memorial Káiser Guillermo, donde permanece todavía y es conocida como “La Madonna de Stalingrado”.

Reuber fue tomado prisionero y tuvo oportunidad de pintar otro bosquejo similar para la Navidad siguiente, durante su cautiverio en un campo de concentración en Rusia, conocido como “La Madonna del Prisionero”. Esa fue su última Navidad en este mundo. Falleció de tifus en enero de 1944. En 1943, había escrito “Carta de Navidad a una Madre y Esposa Alemana – Adviento de 1943”. Ahí dejó dicho: “de acuerdo a una antigua tradición, la temporada de Adviento es simultáneamente la temporada de autorreflexión. De modo que, al final, enfrentando la ruina, en las garras de la muerte, ¡qué reevaluación de valores ha ocurrido en nosotros! (…) La luz de alegría de la Navidad ya está brillando en medio de nuestro camino de muerte de Adviento, como celebración del nacimiento de una nueva era en la cual, por duro que sea, queremos mostrarnos, a nosotros mismos, dignos de la vida nuevamente dada.”

Abajo, la “Madonna” pintada por Reuber en su trinchera de Stalingrado.




domingo, 19 de noviembre de 2017

Hace 100 años - 19 de noviembre de 1917 - Primera Guerra Mundial - La “Dictadura del Proletariado” contra los campesinos

Hace 100 años
19 de noviembre de 1917
Primera Guerra Mundial

La “Dictadura del Proletariado” contra los campesinos

El 16 de noviembre de 1917, Georges Clemenceau es nombrado Presidente del Consejo, es decir, el equivalente de Primer Ministro o Jefe de Gobierno, en la Tercera República Francesa. De postura radical-socialista, había sido diputado, alcalde, periodista y, en general, un activo protagonista de la política francesa, desde la caída de Napoleón III. Era un ferviente partidario de recuperar Alsacia-Lorena, perdida a manos de los alemanes en 1871. Abogaba, en consecuencia, por mantener unas fuerzas armadas bien preparadas y equipadas para la guerra que finalmente llegó en 1914. Había sido Primer Ministro una vez antes, entre 1906 y 1909. Ahora le correspondería cerrar el confuso año de 1917, con el trasfondo de la Revolución Rusa y la Batalla de Passchendaele.

Su primer propósito fue restaurar la moral del Ejército Francés, hastiado de tres años de una guerra atroz, que no parecía tener final próximo. Y se afanó también en mejorar la coordinación de las potencias de la Entente, que llevaría a instaurar una jefatura aliada común, en la persona del mariscal francés Ferdinand Foch. Era un hombre enérgico, que entendía que Francia sólo podía prevalecer como gran potencia, si tomaba en cuenta la realidad de las cosas y no los idealismos de hombres como Woodrow Wilson, el Presidente de Estados Unidos. En consecuencia, abogó por la “guerra total” en el decisivo año 1918 y fue uno de los artífices de los duros términos impuestos en 1919 a la derrotada Alemania, en el Tratado de Versalles. Sería Jefe del Gobierno de Francia en el momento de la victoria, poco más de un año más tarde.

Al otro lado de Europa, el nuevo gobierno ruso, nacido de la “Revolución de Octubre”, intenta hacerse cargo de inmediato de dos problemas que el Gobierno Provisional no había sabido abordar. Casi inmediatamente hace un llamado a establecer una paz sin anexiones, con respeto al principio de autodeterminación de los pueblos y muchas aspiraciones similares a las que Wilson plantearía en su “Catorce Puntos”. Como sus aliados de la Entente respondieron con un portazo a las propuestas de los bolcheviques, iniciarían poco después un proceso de paz por separado con los Imperios Centrales. Deberían pasar algunos meses, hasta que la Rusia revolucionaria consiguiera acabar con la guerra externa, aunque fuera al precio de una paz humillante.

En realidad, incluso si hubieran querido seguir en la lucha, era poco lo que Lenin podía hacer para mantenerse dentro de la guerra, al lado de la Entente. La última ofensiva rusa, en el verano de 1917, fue un rotundo fracaso. En la segunda mitad de 1917, el ejército empezó a disolverse. Los pocos oficiales que intentaban mantener cierto orden eran arrestados por “contrarrevolucionarios” y a menudo asesinados. Entre junio y octubre de 1917, 2.000.000 de soldados desertaron de las filas, cansados de la guerra y con los estómagos vacíos. Estos soldados-campesinos, que abandonaban sus unidades a razón de varios miles al día, tenían una sola cosa en mente: regresar a sus aldeas, para poder participar del reparto de las tierras y el ganado de los grandes propietarios, que se esperaba ocurriera de un momento a otro, como parte del proceso revolucionario. La llegada a los campos rusos de millones de hombres armados, muy poco educados, con vagas ideas revolucionarias alimentó las olas de violencia en el campo y desencadenó una confusa revolución campesina, paralela a la desarrollada en los grandes centros obreros de las ciudades y, con el tiempo, enfrentada a ella.

El reparto de tierras se hizo a expensas de los grandes latifundios, pertenecientes a los terratenientes de la vieja aristocracia y la alta burguesía, así como las tierras de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Pero también se hizo a expensas de los “kulak”, expresión que designaba a los campesinos libres que, sin llegar a ser grandes propietarios, vivían con relativa holgura, si se les comparaba con la mayoría de los campesinos pobres. Al estallar la Primera Guerra Mundial, eran toda una categoría social nueva y pujante, nacida de las reformas impulsadas en 1906 por el entonces Primer Ministro de Nicolás II, Pyotr Stolypin. Estos “kulak” podían tener unas 60 u 80 hectáreas de tierra, algunas cabezas de ganado y unos pocos caballos. Estas posesiones relativamente modestas, sin embargo, bastaban para etiquetar a cualquier persona como “kulak”, una especie de “burgués campesino”, que era necesario erradicar y que se consideraba “enemigo de clase” por los bolcheviques. Pasó poco tiempo antes de que se acabaran los pocos campesinos realmente acomodados, de modo que la etiqueta de “kulak” se aplicó a cualquiera que tuviera alguna posesión, tanto como una vaca o un cerdo, o que se opusiera o fuera sospechoso de llegar a oponerse a la naciente “dictadura del proletariado”.

La mayor parte de los campesinos eran más pobres que los “kulak”, pero el tiempo les daría razones para entrar en conflicto con los bolcheviques. Mientras estos últimos buscaban colectivizar la tierra y colocar su explotación bajo el control del Estado, los campesinos aspiraban a gozar de sus propias tierras, conseguidas al repartirse los grandes latifundios. En el otoño de 1917, los bolcheviques no se sentían con fuerza para alienar las voluntades de la gran masa campesina que regresaba armada a las aldeas, de modo que promulgó, poco después de llegar al poder, el llamado “Decreto Sobre la Tierra”, que establecía la abolición de la propiedad privada de los campos sin indemnización y colocaba la tierra a disposición de las organizaciones locales, para que se encargaran de redistribuirlas. En realidad, este decreto no había más que reconocer un proceso de violento despojo a los grandes terratenientes y a los “kulak”, iniciado mucho antes de la revolución bolchevique y que estaba consumado cuando este partido llegó al poder.

Pasaría poco tiempo para que la masa campesina sufriera los rigores de las fuerzas revolucionarias, que llenaron los campos con “destacamentos de requisa”, encargados de confiscar parte de la producción campesina, para alimentar a las tropas, para alimentar a los obreros de las ciudad o simplemente para cumplir con metas arbitrarias establecidas en alguna oficina en Moscú. En un país azotado por la crisis, por la guerra externa y pronto también por la guerra civil, el resultado fue la hambruna. Pocos años más tarde, el Partido Bolchevique retomaría plenamente su programa, cuando llevara a cabo el proceso de colectivización de las tierras, como parte de un proceso brutal de transformación de la antigua sociedad rural rusa, dentro del esquema tiránico marxista.

El 17 de noviembre de 1917, se instauró una “Comisión de Suministros”. En su primera proclama, sus responsables culpaban a las “clases ricas, que se aprovechan de la miseria” y afirmaba que era momento de arrebatar los “excedentes de los ricos y, por qué no, sus bienes.” Los bolcheviques, recién llegados al poder, necesitaban mantener la lealtad de, al menos, una parte importante de los obreros de Petrogrado y de las guarniciones de soldados inquietos, apostados en la capital. Lo mínimo para mantener esas lealtades era alimentarlos. A mediados de noviembre, las reservas de harina en la capital alcanzaban apenas para dar una ración miserable a cada familia. La Comisión de Suministros, en pocos días, desplegó por los campos de las provincias cerealeras a destacamentos especiales de requisa, compuestos por soldados, desertores, marineros de Kronstadt, obreros industriales y guardias rojos. La llegada a los campos de estos destacamentos de requisa precipitó el enfrentamiento entre los campos y el aparato del Partido-Estado, que constituyó un largo y cruel capítulo de la feroz tiranía marxista que empezaba a instaurarse en Rusia.

Abajo, una póster propagandístico, que caricaturiza a los “kulak”, golpeados por el puño de la “justicia popular”.




domingo, 27 de agosto de 2017

Hace 75 años - 27 de agosto de 1942 - Segunda Guerra Mundial - El camino hacia Stalingrado

Hace 75 años
27 de agosto de 1942
Segunda Guerra Mundial

El camino hacia Stalingrado

Alrededor de la medianoche entre el 20 y el 21 de agosto de 1942, los japoneses lanzan su primer asalto de infantería contra las líneas estadounidenses en Guadalcanal, en el archipiélago de las Islas Salomón. Los japoneses subestimaban el número y calidad de las fuerzas norteamericanas. Una primera oleada de 100 soldados japoneses, apoyados por fuego de morteros y ametralladoras, se estrelló contra una bien defendida línea de 2.500 “marines”. Una segunda oleada de 200 japoneses atacó a las 2.30 de la madrugada y una tercera fuerza de 150 efectivos se volvió a estrellar contra las defensas norteamericanas, sufriendo también casi un 100 % de bajas. A las 7.00 hrs., los hombres del 1er Regimiento de Marines contraatacaron, apoyados por tanques ligeros y aviones. Tras dura lucha, rodearon y destruyeron los restos del 2º Batallón del 28º Regimiento de Infantería del Ejército Imperial Japonés. Sólo 15 japoneses se rindieron, otros 740, incluyendo al coronel Kiyonao Ichiki, acabaron muertos.

En el mar circundante a Guadalcanal, sigue la lucha. El 22 de agosto, destructores japoneses y estadounidenses, que intentaban llevar suministros a sus respectivos ejércitos, se encontraron en el Estrecho de Savo. En el subsecuente combate, el destructor japonés “Kawakaze” deshabilitó al norteamericano “USS Blue”, que tuvo que ser hundido por sus propios tripulantes, para evitar la captura.

En la dura lucha de Guadalcanal, el control del aire es tan importante como la lucha en tierra y el control de las aguas circundantes. El 22 de agosto, un grupo de 5 cazas “P-400” (también denominados “P-39”), “Airacobra”, llegaron a reforzar a la “Fuerza Aérea Cactus”, basada en “Henderson Field”, el nombre dado a la pista de aterrizaje, cuya construcción iniciaron los japoneses y que ahora los aliados habían capturado. A pesar de las designaciones oficiales, el nombre en código de Guadalcanal era “cactus”, de modo que las unidades de apoyo aéreo quedaron bautizadas para siempre con ese nombre.

El 24 de agosto, una potente flota japonesa, centrada en los portaaviones “Zuikaku” y “Shokaku”, se aproximó a las Islas Salomón, con el portaaviones ligero “Ryujo” adelante, como carnada para atraer a los portaaviones norteamericanos en el área. La lucha que siguió en las horas siguientes es conocida como Batalla de las Salomón Orientales. A poco de empezar la batalla, el “Ryujo” fue severamente dañado por varias bombas de 1.000 libras, pero su sacrificio permitió a los portaaviones japoneses localizar a sus rivales estadounidenses, el “USS Enterprise” y el “USS Saratoga”. En el contraataque japonés, el “Enterprise” sufrió severos daños, al ser alcanzado por tres bombas de los aviones japoneses, sufriendo 140 bajas, entre muertos y heridos. Al mismo tiempo, la escolta de cruceros y destructores japoneses intentó trabar combate con la flota norteamericana, pero no pudo ubicarla en la oscuridad e interrumpió la búsqueda poco antes de la medianoche.

El 23 de agosto de 1942, soldados de la 1ª División de Cazadores de la “Wehrmacht” izan la bandera del “III Reich” en la cima del Monte Elbrus, el pico más alto del Cáucaso. Aunque tuvo un efecto propagandístico importante, los acontecimientos de los meses siguientes se encargaron de probar que el petróleo del sur de la Unión Soviética estaba todo menos asegurado por lo alemanes. El mismo día en que los alemanes izaban su bandera en lo más alto del Cáucaso, sus camaradas del VI Ejército iniciaban el ataque a la ciudad de Stalingrado, en la orilla del gran río Volga. La ofensiva contra la ciudad se inició con un masivo bombardeo aéreo de 48 horas. En tierra, se iniciaba una de las más sangrientas y decisivas batallas de la Segunda Guerra Mundial.

La fuerza alemana más importante durante la batalla sería el VI Ejército, al mando del “Generaloberst” Friedrich Paulus. Durante la contraofensiva soviética del invierno de 1941-1942, las tropas alemanas destinadas a capturar Ucrania y el petróleo del Cáucaso fueron forzadas a retirarse. En Rostov del Don, el Ejército Alemán tuvo que realizar su primera retirada en combate, a fines de noviembre. Indignado con lo que consideraba imperdonable cobardía, Hitler ordenó cesar al entonces Jefe del Grupo de Ejércitos Sur, mariscal de campo Gerd von Rundstedt, y al comandante del 1er Grupo Panzer, general Ewald von Kleist, cuyas fuerzas fueron las que tuvieron que retirarse en Rostov. Muy convenientemente, el tirano nazi olvidó que sus tropas estaban escasas de combustible, municiones, ropas de invierno y reemplazos, varados en una campaña que se suponía estaría decidida mucho antes de la llegada del frío. En cambio, culpó a sus generales y los reemplazó por otros. En este caso, colocó al mariscal Walter von Reichenau al mando del Grupo de Ejércitos Sur, que estaba al mando, hasta entonces, del VI Ejército. Pero Reichenau, a las pocas horas de asumir el mando, se dio cuenta de que la posición alemana era insostenible, a menos que a las tropas se les permitiera retirarse. Y así lo hizo, permitiendo el repliegue de las unidades bajo su mando.

El 3 de diciembre de 1941, Hitler llegó hasta la Ucrania polaca para entrevistarse con sus generales y averiguar qué estaba pasando en persona. Para su sorpresa, los comandantes locales de las fanáticas “Waffen SS” estaban de acuerdo en la orden de retirada, partiendo por Sepp Dietrich, compinche de Hitler desde antes de la guerra, que había llegado a ser comandante de una de las divisiones de las “SS”, la “Leibstandarte”, que estaba desplegada en el sector. Más calmado, para guardar las apariencias, Hitler hizo las paces con Rundstedt y lo mandó a Alemania, bajo licencia por enfermedad. El “Führer” confirmó a Reichenau como jefe del Grupo de Ejércitos, pero el mariscal pidió que alguien más se hiciera cargo del VI Ejército y sugirió el nombre de quien fuera su jefe de estado mayor en la Campaña de Francia, el general Friedrich Paulus. Así llegó Paulus a hacerse cargo del VI Ejército, sin haber jamás mandado en combate una unidad de estas dimensiones.  Su nombre se volvería tan familiar como el de la ciudad de Stalingrado, donde decenas de miles de sus hombres hallarían una muerte horrible, algunos meses después.

Aunque los alemanes acabaron 1941 y empezaron 1942 bajo fuerte presión de los soviéticos, conservaban la mayor parte del territorio conquistado cuando hubo terminado el invierno ruso. Salvo las primeras contraofensivas soviéticas, a comienzos del otoño, los otros contraataques del Ejército Rojo durante el invierno fracasaron en todos los frentes, incluyendo Ucrania y el sur de Rusia. Sin embargo, el legado que recibía el general Paulus tenía sus aspectos oscuros, que contrastaban con la contundencia de las victorias alemanas. Desde el mismo comienzo de la “Operación Barbarroja”, en junio de 1941, las masacres de funcionarios del Partido Comunista, judíos y gitanos se mezclaron deliberadamente en todos los frentes. Según evidencia aportada en Núremberg por el “Obersturmführer” de las SS, August Häfner, el propio jefe de Paulus, el mariscal Reichenau, había dado la orden, en una ocasión, de ejecutar a 3.000 judíos como medida de terror contra la resistencia soviética. Reichenau, como muchos otros altos oficiales alemanes de carrera, había sido ganado por la ideología nazi y estaba dispuesto a seguirla en todas sus macabras consecuencias.

En agosto de 1941, Reichenau tuvo oportunidad de mostrar hasta qué punto la “Wehrmacht” no sólo sabía, sino que colaboraba activamente con las atrocidades nazis. En ese entonces, un grupo de capellanes de la 295ª División de Infantería informaron al jefe de estado mayor, teniente coronel Helmuth Groscurth, de que noventa niños judíos, que habían quedado huérfanos, habían sido prácticamente abandonados en un hogar en el pueblo de Belaya Tserkov. Las edades de los pequeños fluctuaban entre los pocos meses y los siete años, y llevaban varios días casi sin agua, ni comida. Groscurth recibió confirmación de que los niños serían ejecutados por un “Sonderkommando” de las “SS” e intentó impedir la matanza. El jefe local de las “SS”, “Standartenführer” Paul Blobel, le advirtió que informaría de su interferencia al propio Heinrich Himmler, jefe supremo de las “SS”. Luego de mandar a Blobel al diablo, Groscurth recurrió al cuartel general de Reichenau. Para su sorpresa y horror, el mariscal de campo apoyó a Blobel y los 90 niños fueron pasados por las armas, aunque se instruyó que la ejecución fuera implementada por milicianos ucranianos, para no “herir la sensibilidad” de los matones de las “SS”. En una carta, el enérgico coronel escribió a su esposa: “no podemos, ni nos debería ser permitido ganar esta guerra.” Groscurth envió un detallado informe al cuartel general del Grupo de Ejércitos Sur, aunque su rabieta no pasó de ser un gesto inútil, que nadie tomó en cuenta. Poco después, en septiembre de 1941, se produjo una masacre peor en Babi Yar, Ucrania, cuando casi 34.000 judíos fueron ejecutados por el “Sonderkommando” 4-A, comandado por el mismo Paul Blobel, que había sido enfrentado por Groscurth.

Las dos acciones aquí reseñadas son sólo dos ejemplos, tomados entre decenas de casos ocurridos en la zona geográfica de responsabilidad del VI Ejército de Reichenau. Fue el propio Reichenau, apoyado por Rundstedt, quien emitió la orden del 10 de octubre de 1941, que instruía a las tropas alemanas, en el sentido de que el soldado alemán debía llevar a cabo una “retribución severa, pero justa, que debe ser impuesta a la especie subhumana de los judíos”. Su deber, concluía el mariscal de campo, era “liberar al pueblo alemán para siempre de la amenaza judeoasiática.”

Este tipo de guerra era el que esperaba a Paulus, un oficial que se había destacado por ser un excelente planificador, que disfrutaba trabajando hasta tarde, inclinado sobre mapas, premunido de abundante café y cigarrillos. El maltrato a los civiles que quedaban tras las líneas alemanas se hizo endémico. Además de la incesante propaganda, que equiparaba al eslavo con el judío, en cuanto “razas inferiores”, la intendencia alemana demostró que no estaba a la altura del desafío de invadir Rusia y, muchas veces, el saqueo era producto del hambre y la escasez sufrida por las tropas. El problema es que, en un lugar del mundo con un clima tan severo, los saqueros significaban que muchos campesinos rusos y ucranianos fueron condenados a morir de hambre en el invierno siguiente. Por otro lado, los abusos sistemáticos continuaron en todo el frente y la zona del VI Ejército, ahora mandada por Paulus, no fue la excepción. El 29 de enero de 1942, tres semanas después de que Paulus asumiera el mando, la aldea de Komsolomosk, cerca de Jarkov, fue quemada. Alrededor de 150 casas fueron incendiadas hasta sus cimientos y fueron asesinados ocho personas, incluyendo dos niños.

El mismo tipo de atrocidades ocurrió en el Grupo de Ejércitos Norte, dirigido contra Leningrado y el Mar Blanco, y el Grupo de Ejércitos Centro, que tan cerca estuvo de conquistar Moscú en 1941. Hitler tenía una capacidad diabólica de embrujar a las personas y conseguir que hicieran todo por él. Este poderoso efecto se dejaba sentir sobre las masas, mediante los discursos de radio, pero el tirano también sabía usar esta poderosa persuasión en persona, sin el auxilio de la propaganda y los medios masivos de comunicación. La mayoría de los generales y almirantes se mostraban inquebrantablemente leales a Hitler y hacían vistosas manifestaciones de fidelidad al régimen nazi, incluyendo ser cómplices de algunas atrocidades, a las que pudieron haberse opuesto, con algo más de valentía. De hecho, todavía en 1941-1942, los nazis no se habrían atrevido a hacer otra cosa que despedir a un oficial desobediente, tal como muestra el ejemplo de Rundstedt, que ordenó la retirada en 1941, contra el deseo expreso de Hitler, y del coronel Groscurth, que desafió abiertamente al sanguinario Paul Blobel. Otro ejemplo fue dado por el general Karl Strecker, comandante del XI Cuerpo, adscrito al VI Ejército de Paulus. Mientras Paulus, su jefe, escribía sus proclamas bajo lemas como “¡Viva el Führer!”, Strecker hacía lo posible por no reconocer al régimen y firmaba sus proclamas a los soldados con esta frase: “Avanzad con Dios. Nuestra fe es la victoria ¡Salud a mis valientes guerreros!” El general Strecker, en más de una ocasión, dio contraórdenes ilegales, opuestas a lo prescrito por el alto mando, y alguna vez fue personalmente a comprobar que sus oficiales le obedecieran a él. Escogió al coronel Groscurth como jefe de estado mayor y juntos dirigirían la última bolsa de resistencia alemana de Stalingrado, en febrero de 1943, fieles a su sentido del deber y a su patria, pero no a Hitler.

Pero todavía quedaban meses para que Hitler y sus ejércitos sufrieran la que sería su peor derrota en Stalingrado. El 21 de agosto de 1942, los infantes del LI Cuerpo del Ejército Alemán aseguraron el cruce del río Don. Al día siguiente, los pontones estaban listos y los tanques de la 16ª División Panzer comenzaron a cruzar el gran río, bajo el mando del general Hans-Valentin Hube. Poco antes del mediodía, Hube tuvo que detener sus columnas, para recibir la visita del general Wolfram von Richthofen, primo de Manfred von Richthofen, el as de la aviación alemana de la Gran Guerra, conocido como “Barón Rojo”. Tras bajar de su avioneta “Fieseler Storch”, Richthofen comunicó a Hube que un gigantesco asalto aéreo acompañaría el avance de sus divisiones hacia la ciudad del Volga. “¡Aproveche el día de hoy! Será apoyado por 1.200 aviones. No puedo prometerle más mañana”, dijo escuetamente el general de aviación al sorprendido Hube. Gran parte de la ciudad de Stalingrado fue reducida a ruinas y unas 40.000 personas murieron en la primera semana de bombardeo. Stalin, con el fin de no dar la imagen de pánico, prohibió la evacuación de civiles y refugiados a gran escala, que fue consentida sólo cuando miles de inocentes habían muerto en el fuego cruzado de la batalla.

Para los “landser” alemanes, debe haber sido reconfortante ver enjambres de “Stukas” y “Ju-88” pulverizar la ciudad donde se preparaba la resistencia a su avance contra el Volga, el último obstáculo natural considerable antes de los Urales. Lo que no sospechaban era que los bombardeos convertirían a la ciudad en un caos de ruinas, que la transformarían en un lugar muy poco apto para el tipo de guerra móvil, en que los alemanes se sentían más cómodos. Entre los fierros retorcidos de las fábricas y las montañas de escombros de los edificios, las tropas alemanes perdían gran parte de sus ventajas. Sin embargo, era sólo el comienzo, y el VI Ejército Alemán tenía razones para ser optimista en cuanto a la Batalla de Stalingrado que se iniciaba.

Abajo, una de las fotografías más famosas de la guerra. En primer plano, la “Fuente de los Niños”, que adornaba uno de los paseos de Stalingrado antes de la guerra, con las ruinas humeantes de los edificios, que acababan de ser reducidos a escombros por la “Luftwaffe”. Los alemanes comprobaron, en los meses siguientes, que cada escombro sería usado por los defensores soviéticos, para preparar mortales emboscadas.




sábado, 15 de abril de 2017

Hace 75 años. 16 de abril de 1942. Segunda Guerra Mundial. Anton Schmid: luz en medio de la oscuridad

Hace 75 años
16 de abril de 1942
Segunda Guerra Mundial

Anton Schmid: luz en medio de la oscuridad

La campaña aérea sobre Alemania es cada vez más compleja para la “Luftwaffe”. El 10 de abril de 1942, 254 aparatos de la “RAF” dejan caer su carga mortal sobre Essen, en Renania. El 12, los británicos hacen acto de presencia otra vez sobre Essen y concentran sus bombas en la planta de Krupp. En general, el objetivo de los bombardeos es industrial o militar, pero es inevitable que siempre se produzcan decenas de bajas entre los civiles. La “Luftwaffe” responde el 13 de abril con ataques sobre Portland, Weymouth y Grimsby, en la costa sudeste de Inglaterra. El 14 de abril, Hitler ordena a su aviación que bombardee el Reino Unido con énfasis en ciudades de importancia artística o histórica. Los alemanes aún pueden responder, pero no tienen capacidad de sostener una campaña aérea de alcance estratégico, a diferencia de los británicos y estadounidenses que tienen el equipo adecuado y disponen del mismo en número más que suficiente.

En estos días de abril, se vive el epílogo de la primera Campaña de las Filipinas. Con la rendición de Bataán, los japoneses han recibido 75.000 prisioneros filipino-norteamericanos, mucho más de lo que pueden manejar buenamente. El mando japonés decide hacer marchar la larga columna en un trayecto de 40 kilómetros hasta Balanga, desde donde serán enviados a campos de prisioneros. Faltos de comida, agua y medicinas, sufriendo el brutal maltrato de los japoneses, los prisioneros morirían en grandes números, durante lo que sería conocido como la “Marcha de la Muerte de Bataán”.

En el resto del archipiélago, los japoneses van asfixiando los últimos intentos de resistencia. El 10 de abril, el dragaminas “USS Finch”, dañado por aviones japoneses en días previos, es hundido por su propia tripulación, para evitar su captura por parte del enemigo. Ese mismo día, 12.000 japoneses desembarcan en tres puntos distintos. Los 6.500 defensores evacúan la capital de la provincia y se retiran hacia el interior de la isla. Bombarderos “B-17” de la “United States Army Air Force” (“USAAF”, “Fuerza Aérea del Ejército de los Estados Unidos”), basados en Australia, atacan la fuerza de invasión, con poco efecto. El 12 de abril, los japoneses inician el bombardero artillero sobre la Isla de Corregidor, preparando el asalto final sobre las últimas fuerzas filipino-estadounidenses de consideración que aún luchan en las Filipinas. Ese mismo día, el teniente John Brownewell, del 17º Escuadrón de Persecución de la “USAAF”, consigue la última victoria aérea confirmada de un caza “P-40” sobre las Filipinas. De ahora en adelante, los cazas norteamericanos son erradicados de los cielos filipinos.

En Birmania, los restos del Ejército Británico forman una nueva línea defensiva sobre el río Irrawaddy. El 11 de abril, los japoneses llegan hasta las nuevas defensas e inmediatamente cargan sobre las posiciones de la 48ª Brigada de la India. Al día siguiente, los defensores de la “Commonwealth” reciben el apoyo del 2º Real Regimiento de Tanques y se alivia en algo la presión japonesa. El 15, los mandos británicos estiman que el rompimiento de sus líneas es inminente y ordenan la destrucción de 1.000.000 de galones de petróleo, almacenados en la región productora de crudo de Yenangyaung, para evitar que caigan en manos de los japoneses.

Prosigue el asedio a Malta. El 11 de abril, bombarderos ítalo-germanos atacan nuevamente la bahía de La Valetta, dañando seriamente al destructor británico “HMS Kingston”, mientras recibía reparaciones en el dique seco. El 14 de abril, el portaaviones “HMS Wasp”, escoltado por dos destructores, zarpa desde Escocia, llevando a bordo 52 cazas “Spitfire” de los escuadrones 601 y 602 de la “RAF”, cuyo destino es reforzar la asediada isla mediterránea.

El 13 de abril de 1942, el sargento Anton Schmid, un austriaco encuadrado en el Ejército Alemán luego de la anexión de 1938, es ejecutado bajo cargo de traición en Vilna, capital de Lituania. Su crimen fue ayudar a 250 hombres, mujeres y niños judíos a escapar del exterminio o a darles cierto alivio de las espantosas condiciones de vida a que eran sometidos los judíos por la bota tiránica del Nacionalsocialismo.

La historia de Schmid nunca habría sido conocida, de no ser por testimonios de personas que recibieron su ayuda durante la guerra. De oficio electricista, mantenía una pequeña tienda de radios en Viena, hasta que fue llamado a filas en la “Wehrmacht”, luego del “Anschluss” de 1938. En el otoño de 1941, estaba estacionado en Vila, como parte de las tropas que habían arrebatado los países bálticos a los soviéticos, como fase previa para el avance sobre Leningrado. Fue testigo de la manera brutal en que miles de judíos eran conducidos a guetos o a campos de concentración, así como del asesinato de otros miles. En una de sus dos cartas preservadas, describe a su esposa, Sofi, el horror del Holocausto en marcha: “había muchos judíos aquí, que eran rodeados por la milicia lituana y se les disparaba en un campo fuera de la ciudad, siempre en grupos de alrededor de 2.000 o 3.000 personas. Los niños eran asesinados durante el trayecto, mediante golpizas propinadas contra los árboles.”

Lituania y Vilna, en particular, habían sido sede de una numerosa comunidad judía hasta la guerra que había sido, de hecho, exterminada antes de comenzar el invierno de 1941. El “Standartenführer” Karl Jaeger, comandante del “Einsatzkommando 3”, en su tristemente célebre reporte de diciembre de 1941, contaba a sus jefes que el “problema judío” había quedado resuelto en Lituania. Sólo quedaban con vida aquellos judíos requeridos como mano de obra esclava, necesarios para el esfuerzo de guerra alemán. Jaeger recomendaba iniciar lo antes posible la campaña de esterilización masculina, a fin de prevenir la reproducción. “Si, a pesar de la esterilización —continuaba el oficial de la ‘SS’— alguna judía queda embarazada, será liquidada”.

Conmovido por este horror, narrado con tana pulcritud por uno de los perpetradores, Schmid quiso ayudar. Ayudó a algunos a escapar de las prisiones y campos, y arriesgó su vida para contrabandear comida al gueto de Vilna. Se calcula que Schmid salvó unas 250 personas, sumando aquellos que escondió directamente y aquellos que recibieron papeles falsificados para eludir el exterminio. Seguramente la censura de guerra detectó las cartas enviadas a su familia y el sargento fue arrestado en enero de 1942. Fue juzgado por un consejo de guerra, que lo condenó a muerte. La sentencia fue ejecutada el 13 de abril.

En su libro, “Eichmann en Jerusalén: Un Reporte Sobre la Banalidad del Mal”, Hannah Arendt describió el momento en que un testigo, en el juicio llevado contra Adolf Eichmann en 1961, relató la ayuda que recibió de cierto sargento alemán, llamado Anton Schmid. “Un silencio cayó sobre el tribunal —relata la gran filósofa  política—; fue como si la multitud hubiera decidido espontáneamente observar los dos minutos de silencio usuales, en honor del hombre llamado Anton Schmid. Y, en esos dos minutos, que fueron como un repentino rayo de luz en medio de una impenetrable, insondable oscuridad, un solo pensamiento destacó claramente, irrefutablemente, fuera de duda: qué tan enteramente diferente todo sería hoy en este tribunal, en Israel, en Alemania, en toda Europa y quizá en todos los países del mundo, si más historias como ésta pudieran haber sido contadas.”

Abajo, una fotografía donde se ve a Anton Schmid, en compañía de su esposa, Stefanie, antes de la guerra.




domingo, 29 de enero de 2017

Hace 75 años. 29 de enero de 1942. Segunda Guerra Mundial. El Gran Terror (I)

Hace 75 años
29 de enero de 1942
Segunda Guerra Mundial

El Gran Terror (I)

Los japoneses se imponen en casi todo el teatro de operaciones del Pacífico y el Asia Oriental. Deseosos de un chivo expiatorio, los altos mandos norteamericanos, a través de la llamada Comisión Roberts, declaran culpables de abandono de deberes al almirante Husband Kimmel y al general Walter Short, quienes estaban a cargo de las fuerzas estacionadas en Pearl Harbor al momento de producirse el ataque, el 7 de diciembre de 1941. Con el paso del tiempo, ambos oficiales serían rehabilitados, aunque pasarían muchos años antes de que se reconociera oficialmente que eran sólo el último eslabón en una larga serie de errores que condujeron a los desastres militares de los primeros meses de guerra con Japón.

En el sur del Pacífico, en las Indias Orientales Holandesas, los japoneses desembarcan en Borneo, aunque encuentran fiera resistencia de parte de las fuerzas coloniales holandesas. El 23 de enero, el submarino holandés “K-18” hunde el transporte “Tsuruga Maru”, mientras que la aviación holandesa hunde el “Nana Maru” y daña el “Tatsugami Maru”. Al día siguiente, los holandeses, con apoyo de destructores estadounidenses, atacan nuevamente a la flota japonesa de desembarco.

El 25 de enero, muy presionado por el expansivo Japón, el Gobierno de Tailandia accede a convertirse en aliado de Tokio, declarando la guerra a Estados Unidos y Gran Bretaña, aunque la medida encontró fuerte resistencia dentro de la administración tailandesa. El embajador tailandés en Washington, Seni Pramoj, se rehusó a entregar la declaración de guerra y se declaró abiertamente a favor de Estados Unidos, donde formó un gobierno libre en el exilio.

En el Atlántico, la “US Navy” tampoco lo pasa bien. En un solo día, el 25 de enero de 1942, frente a las costas de Norteamérica, los submarinos alemanes consiguen cuatro ataques exitosos, mientras se pasean impunemente frente a Virginia, Nueva York, Nueva Jersey y Newfoundland. Es el segundo “tiempo feliz” de los “U-Boote”, que se lanzan al cuello del tráfico mercante aliado, que aún no coordina una respuesta eficiente a la amenaza que se cierne bajo las olas del frío Atlántico Norte y que, entre fines de 1941 y el otoño de 1942, llegará a representar un cuarto de todo el tonelaje perdido por los Aliados en la guerra.

En Libia, los alemanes empiezan a equilibrar las acciones, luego de llevar varias semanas batiéndose en retirada. El 25 de enero de 1942, en Msus, mediante una audaz maniobra, los ítalo-germanos derrotan las vanguardias británicas y capturan 30 tanques “Valentine”, que ponen prestamente en uso contra sus propios fabricantes. El 29, las tropas de Rommel recapturan Benghazi, causando serias bajas al 8º Ejército Británico que las perseguía hasta hace pocos días.

El Frente Oriental es una fuente de preocupaciones para Berlín en estos días iniciales de 1942. En Kholm, el avance del 3er Ejército de Choque Soviético deja rodeados a 5.500 soldados alemanes. A pesar de que los soviéticos están al ataque en todo el frente, el fiasco del verano y el otoño de 1941 ha sido tremendo, demasiado grande como para ignorarlo. El Partido Comunista, experto en eludir sus responsabilidades y en hallar culpables, lleva meses levantando chivos expiatorios entre los altos mandos militares. Por estos días, es el turno del almirante Gordei Levchenko, quien se desempeñara en junio de 1941 como Comisario Interino de la Marina. El almirante Levchenko había sido arrestado en noviembre, por órdenes de Stalin, como responsable de la caída de Crimea en manos alemanas. Ahora, el 25 de enero, era condenado a 10 años de campo de concentración.

Lo cierto, sin embargo, es que la serie de desastres militares sufridos por la Unión Soviética tuvieron como único responsable al mismo régimen comunista, que se enajenó las voluntades de sus soldados y ciudadanos a través de 20 años de una tiranía atroz. El último capítulo del asalto llevado a cabo por el Estado Marxista contra su propio pueblo fue el llamado “Gran Terror”, que es como se conoce a la oleada de terror que se abatió sobre miles de ciudadanos soviéticos en los años 1936-1938 y cuyos efectos se dejaban sentir aún al momento de estallar la guerra con Alemania, en 1941. El período es también conocido como “Yezhovschina”, por coincidir con el tiempo en que el sádico Nikolai Yezhov estuvo a cargo del siniestro aparato represivo comunista, el llamado “NKVD” (“Naródny Komissariat Vnútrennij Del”, “Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos”, que había absorbido las funciones de los demás órganos represivos en 1934).

Durante decenios, en Occidente casi nada se supo del “Gran Terror”, salvo algunos juicios-espectáculo, muy publicitados por el propio régimen, instruidos contra algunos de los jerarcas más prestigiosos del propio Partido, como Zinoviev, Kamenev, Bujarin, Piatakov y Radek, entre otros. Se trataba de jefes del Partido que habían gozado de posiciones de poder desde la época de Lenin y cuyo encausamiento público buscaba desviar la atención de los observadores extranjeros del terror masivo que se había estado aplicando sobre todas las categorías de ciudadanos soviéticos desde 1917 y cuya cúspide paroxística estaba siendo alcanzada por la tiranía estalinista en la segunda mitad de los años ‘30. Estos juicios, al mismo tiempo, tenían el propósito de validar el terror y la represión masiva como respuesta legítima ante una serie de supuestas agresiones internas y externas, que se mostraban como oscuras conspiraciones, bautizadas con llamativos nombres, tan imaginativos como las mismas tramas que intentaban denunciar. Así, a estos viejos militantes bolcheviques, viejos camaradas de la época zarista (y culpables antes, también, de hacer uso del mismo terror que sufrían), se les forzó a “confesar” los peores crímenes: haber organizado “centros terroristas” de obediencia “trotsko-zinovievista” o “trotsko-derechista”. Según los autos de instrucción, los acusados llevaban años preparando la contrarrevolución, con el fin de derrocar el poder soviético, restaurar el capitalismo, sabotear la economía, desmembrar la URSS y entregar a las potencias extranjeras Ucrania, Bielorrusia, el Asia Central, el Cáucaso…

El terror real, masivo, que sufrieron millones de inocentes, personas comunes y corrientes, fue mantenido en el silencio más absoluto. Hubo que esperar hasta el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) de febrero de 1956, para que el entonces Secretario General del Partido, Nikita Jruschov, denunciara “numerosos actos de violación de la legalidad socialista, cometidos en los años 1936-1938, en relación con los dirigentes y cuadros del partido”. Pero del sufrimiento anónimo de otras cientos de miles de víctimas, nada se dijo. A fines de la década de 1960, el historiador británico, Robert Conquest, pudo hacer una primera reconstrucción del Gran Terror, aunque fue sólo una primera aproximación y estaba todavía muy incompleta. La apertura, todavía parcial, de los archivos soviéticos, ha permitido en los últimos 25 años avanzar muchísimo en la investigación del terror estalinista en general y del período del Gran Terror en particular, en una línea investigativa que podrá dar abundante trabajo a muchos historiadores durante muchos años más.

Los documentos que se han ido haciendo accesibles desde 1991 a la fecha, indican que la represión masiva fue resultado de decisiones tomadas en las más altas instancias del Estado-Partido, es decir, el Politburó y Stalin en particular. Vale la pena detenerse en uno de los episodios más sangrientos del Gran Terror, la llamada “Operación de Liquidación de los Antiguos Kulaks, Criminales y Otros Elementos Antisoviéticos”, que tuvo lugar entre agosto de 1937 y mayo de 1938, y cuyo objetivo primordial era resolver los muchos problemas que había causado la deportación de poblaciones enteras de campesinos pequeños y medianos hacia zonas remotas del país, bajo el régimen de “colonos especiales”. En los años 1931-1933, el enfrentamiento entre el Régimen Comunista y la masa campesina había significado la muerte de 6.000.000 de personas a causa del hambre, la deportación de 2.000.000 de personas a zonas remotas y la ejecución de cientos de miles.

Como la deportación tenía fines punitivos, al deportado y a sus familiares se les prohibía volver a sus lugares de origen y, en general, se intentaba restringir su movilidad. Con el paso de los años, los deportados fueron confundiéndose con los trabajadores libres locales y se fueron beneficiando del relajo de las medidas de vigilancia, imposibles de mantener con el rigor original en un territorio tan grande como la URSS. En muchos casos, los “colonos especiales” simplemente abandonaban las zonas de deportación y se unían a bandas de marginados y delincuentes, cada vez más frecuentes en la periferia de las ciudades, un cuadro muy común cuando se trataba de hombres que habían quedado solos, debido a que su familia había sido asesinada o había muerto a causa de las espantosas condiciones del viaje de deportación o por las paupérrimas condiciones de los lugares de llegada.

Stalin y sus allegados desarrollaron una auténtica obsesión por el “kulak saboteador”, infiltrado en las empresas, y el “kulak-errante”, infiltrado en las ciudades. El 2 de julio de 1937, el Politburó ordenó a las autoridades locales que tomaran las medidas para lidiar con estas categorías de “elementos socialmente extraños”. La orden apuntaba a fusilar a los más hostiles y volver a confinar a los que fueran menos activos, pero se mostraran hostiles al régimen. Luego de recibir los antecedentes solicitados a los gobiernos locales, Nikolai Yezhov pudo emitir la Orden Operativa 00447, del 30 de julio de 1937, que sometió al visto bueno del Politburó. Según esta orden, en una primera etapa, 259.450 personas debían ser arrestadas, de las cuales, 72.950 debían ser fusiladas en el acto. Para dar más orden a la operación, se asignaron “metas” a cada región, con las cuotas a llenar de detenidos y de fusilados. Con el fin de demostrar su “celo revolucionario”, era frecuente que las autoridades locales pidieran permiso para ampliar las cuotas y así poder incluir a otras categorías, como los familiares sobrevivientes de los ejecutados, los antiguos militantes de “partidos antisoviéticos”, “funcionarios zaristas”, “guardias blancos”, “espías”, “saboteadores”, etc.

Estas solicitudes fueron alegremente acogidas por Moscú, que autorizó un aumento de cuotas de 22.500 individuos para ejecutar y 16.800 para internar en los campos, entre agosto y diciembre de 1937; en enero, la “NKVD” propuso una nueva adición de 57.200 “enemigos del pueblo”, 48.000 de los cuales debían ser ejecutados. Y, aunque la operación debió estar concluida para marzo de 1938, el Politburó aceptó aumentos de cuotas de 90.000 personas hasta agosto de 1938. La “Operación de Liquidación de los Antiguos Kulaks”, finalmente duró más de un año y afectó a unas 200.000 personas, por sobre las cuotas iniciales contempladas.

Abajo, una fotografía tomada para el prontuario de Elizaveta Alekseievna Voinova, dueña de casa ejecutada el 13 de noviembre de 1937. Ahí está el rostro de una de las millones de víctimas anónimas del comunismo. En su mirada, llena de horror, se observan los efectos del interrogatorio en que posiblemente fue torturada y violada, a fin de que estuviera dispuesta a “confesar sus crímenes contrarrevolucionarios”.




sábado, 21 de enero de 2017

Hace 75 años. 22 de enero de 1942. Segunda Guerra Mundial. La Entrevista de Wannsee

Hace 75 años
22 de enero de 1942
Segunda Guerra Mundial

La Entrevista de Wannsee

La Batalla del Atlántico, la más larga de la guerra, se libra en las aguas y en los aires. El 16 de enero de 1942, el submarino alemán U-402 consigue dañar al transporte británico de tropas “Llangibby Castle”, que marchaba como parte de un convoy al norte de las Azores. El impacto del torpedo dañó el timón y acabó con la vida de 26 tripulantes. Antes de que terminara el día, el transporte fue atacado también por un “Fw 200 Cóndor”, pese a lo cual consiguió llegar hasta las Azores y someterse a reparaciones. Hasta mediados de 1942, el “Cóndor” fue un arma temida por los barcos aliados. Había sido concebido como avión de pasajeros de larga distancia, pero terminó convirtiéndose además en un excelente patrullero marítimo de largo alcance.

Tras la ocupación de Francia, los “Fw 200” podían despegar desde el sur de Francia y, gracias a su extensa autonomía de 2.000 millas marinas, podían adentrarse en el Atlántico, fuera del alcance de los cazas británicos basados en tierra, para detectar convoyes y guiar a los submarinos o lisa y llanamente para bombardear o ametrallar a los mercantes. En ese tiempo, la “Royal Navy” no podía prescindir de ninguno de sus valiosos portaaviones, necesarios para proveer cobertura aérea a sus flotas de combate, que libraban fiera lucha contra la “Kriegsmarine” y la “Regia Marina Italiana”. El Primer Ministro Británico, Winston Churchill, llegó a decir del “Cóndor” que era el “flagelo del Atlántico”, por las cuantiosas pérdidas que había causado o ayudado a causar a las marinas mercantes y de guerra aliadas. En todo caso, los alemanes nunca sacaron todo el partido que hubieran podido de la asociación entre sus submarinos y sus aviones de largo alcance, en gran parte, debido a las profundas rivalidades que existían entre los servicios armados alemanes, reluctantes a colaborar entre sí.

Para mediados de 1942, los británicos habían empezado a equipar buques mercantes con catapultas de cohete, que lanzaban cazas “Hurricane”, como una forma de destruir o ahuyentar a los “Fw 200”. El sistema disminuyó las pérdidas, pero tenía muchos inconvenientes, entre otros, que el piloto debía abandonar el avión en el mar y ser rescatado posteriormente. Finalmente sería la introducción de los “portaaviones escolta” lo que daría completo dominio de los aires en el Atlántico a los Aliados y obligaría a los alemanes a limitar el uso del “Cóndor” al transporte, una tarea para la que se prestaba tan bien como para el patrullaje marítimo.

En las Filipinas, japoneses y estadounidenses libran una fiera batalla. Ambos ejércitos han emprendido una carrera para capturar el poblado de Morong, estratégicamente ubicado en la Península de Bataán. Japoneses y norteamericanos llegaron casi al mismo tiempo, pero los segundos detectaron primero al adversario y tomaron la iniciativa, despachando una fuerza de 20 soldados de caballería, que cargaron contra las tropas japonesas y las dispersaron. Fue la última carga de caballería de tropas estadounidenses de la que se tenga memoria.

En África del Norte, la iniciativa es mantenida por las tropas de la “Commonwealth”. El 17 de enero, los últimos 5.000 defensores ítalo-alemanes del Paso de Halfaya son obligados a rendirse ante la 65ª Brigada de Infantería Sudafricana, que conquista la estratégica posición. En el Mediterráneo, cuya suerte está tan atada al desierto africano, los alemanes consiguen un éxito compensatorio. Ese mismo día, el submarino alemán U-133 torpedea y hunde el destructor británico “HMS Gurkha”, que escoltaba el convoy MW-8B, frente a Solum, Egipto, con un saldo de 9 marinos muertos. El “Gurkha”, llamado anteriormente “HMS Larne”, era un destructor “Clase L”, que había sido pagado por cada soldado y oficial de la Brigada Gurkha, quienes habían suscrito un pago diario, para reemplazar al anterior “HMS Gurkha”, un destructor de la “Clase Tribal”, hundido en abril de 1940.

El 18 de enero de 1942, el 10º y el 2º Cuerpo alemanes quedan aislados y rodeados en torno a Demyansk, Rusia, donde sufrirán en asedio de varios ejércitos soviéticos hasta abril y sostendrán sus posiciones gracias a los suministros enviados por aire. Los soviéticos, que siguen en su contraofensiva de invierno, atacan también a través del río Donets, en Ucrania, intentando aislar a las tropas alemanas que se retiran. En el Grupo de Ejércitos Sur, asume como nuevo comandante el mariscal Fedor von Bock, quien reemplaza al mariscal Walther von Reichenau, muerto el día anterior a causa de un infarto o un derrame cerebral. Los cambios en la estructura de mando dejan al general Friedrich Paulus a cargo del 6º Ejército Alemán, que se hará tristemente célebre por ser la fuerza que libraría la lucha principal en la Batalla de Stalingrado.

El 20 de enero, se produce un infame encuentro, conocido como la “Conferencia de Wannsee”, en que 15 altos funcionarios del “III Reich” se reunieron para discutir la “Solución Final del Problema Judío”. El objetivo de la reunión era coordinar los esfuerzos de los distintos organismos públicos alemanes para conseguir el exterminio total de los judíos de Europa. Los participantes en la conferencia esperaban “erradicar” del continente a unas 11.000.000 de personas, por el solo hecho de tener orígenes judíos. La reunión se celebró en la lujosa “Villa Marlier”, en el distrito berlinés de Wannsee. Funcionó como su anfitrión el Jefe de la Oficina Principal de Seguridad del “Reich” (“Reichssicherheitshauptamt-RSHA”), el general de las “SS”, Reinhard Heydrich. Además de varios jefes de la Gestapo y las “SS”, asistieron altos funcionarios relacionados con el gobierno de los territorios ocupados del Este y de Alemania propiamente tal.

El exterminio masivo de las comunidades judías europeas debió haber sido autorizado por Hitler en algún momento de 1941. El objetivo de la reunión, por un lado, era asegurar completa colaboración de las distintas reparticiones civiles y militares del estado, así como implementar el Holocausto bajo la coordinación directa de de la “RSHA” de Heydrich. No se trataba, por tanto, de una deliberación en torno a la posibilidad de implementar el asesinato masivo de seres inocentes, sino un encuentro de coordinación para poner en práctica una decisión criminal, tomada con antelación al más alto nivel, es decir, desde la mismísima Cancillería en Berlín.

El asesinato de civiles inocentes, especialmente judíos, no era novedad para ninguno de los participantes de la reunión y uno, al menos, el mayor de las SS, Rudolf Lange, había participado personalmente en tales acciones, mientras estaba al mando del “Einsatzkommando 2”, desplegado en Letonia en el otoño de 1941. Para comienzos de 1942, con la Alemania Nazi en la cúspide de su expansión territorial, los judíos asesinados eran ya cientos de miles y otros tantos estaban recluidos en campos de concentración o, en el mejor de los casos, vivían miserablemente en los territorios ocupados por Alemania, habiéndoseles despojado de sus derechos civiles y medios de subsistencia.

El plan propuesto por Heydrich, a grandes rasgos, consistía en mover comunidades completas de judíos hacia el Este, donde serían ocupados en trabajos forzados. Los que sobrevivieran a las terribles condiciones de los campos de concentración y los trabajos forzados, es decir, los más fuertes, serían exterminados en los campos de la muerte, como posible semilla de un renacimiento biológico judío, que los nazis querían evitar a toda costa. El resultado era el Holocausto.

Alemania estaba sufriendo los primeros reveses militares preocupantes en África y en el Frente Ruso. Pero los líderes nazis, estrategas aficionados, en el mejor de los casos, estaban envalentonados con la amplitud de sus conquistas y se sentían lo bastante seguros como para llevar adelante el corolario de lo que habían sido casi diez años de medidas crecientemente discriminatorias contra los judíos que tenían la mala suerte de ser gobernados por la barbarie nazi. Bajo el eufemismo de “Solución Final”, se intentaba esconder la realidad del asesinato frío, masivo, metódico e industrial de millones de varones, mujeres y niños, cuyo crimen era… haber sido concebidos con sangre judía, poca o mucha.

El encuentro de esa mafia organizada como gobierno, llamada Partido Nazi, a orillas de los lagos berlineses, fue un esfuerzo de coordinación para convertir los asesinatos dispersos de judíos en una auténtica industrialización del asesinato, que sólo tiene parangón en la historia de algunos países regidos por el comunismo.

En la imagen, captada en algún momento de 1941 o 1942, un grupo de niños judíos son fotografiados en el gueto de Lublin, Polonia. Los niños siempre tienen motivos para sonreír y posiblemente no terminan de entender del todo lo que está pasando ¿Habrá llegado a la vida adulta alguno de ellos? Nótese cómo los hombres que pasan detrás de los niños han tenido que descubrirse la cabeza, como signo de sumisión a algún oficial alemán que debe haber estado junto al fotógrafo.

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