domingo, 15 de enero de 2017

Hace 75 años. 15 de enero de 1942. Segunda Guerra Mundial. El Terror Rojo (III)

Hace 75 años
15 de enero de 1942
Segunda Guerra Mundial

El Terror Rojo (III)

A las 15.00 horas del 9 de enero de 1942, los japoneses lanzan la ofensiva principal contra la Península de Bataán, donde se refugian las tropas filipino-estadounidenses, mandadas por el general Douglas MacArthur. La veterana 48ª División del Ejército Japonés había sido reemplazada hace poco por la inexperta 65ª Brigada de Infantería, cuyos primeros ataques son rechazados por las defensas. El 10 de enero, el Imperio Japonés declara la guerra a los Países Bajos, nación contra la que estaba ya, de hecho, luchando. Al día siguiente, tropas niponas inician la campaña terrestre contra las Indias Orientales Holandesas, al desembarcar en la Isla de Tarakan, frente a Borneo. Enfrentados a fuerzas muy superiores, los comandantes holandeses se retiran, luego de destruir los 700 pozos petroleros de Tarakan, para evitar que caigan en manos japonesas.

El mismo día en que desembarcan en Tarakan, tropas japonesas entran en Kuala Lumpur, capital de la Malasia Británica, sin encontrar oposición y capturando abundantes municiones y suministros abandonados por las tropas británicas y coloniales en retirada. El 13 de enero, llega hasta Singapur el convoy DM1, que había partido desde Durban, Sudáfrica. Los buques transportan 9.100 soldados de la “Commonwealth”, armas antiaéreas y 52 cazas “Hawker Hurricane”.

En los cielos de Europa Occidental, la “Luftwaffe” y la “RAF” siguen empeñadas en una guerra de desgaste que es peor negocio para Alemania que para Gran Bretaña. Los alemanes perdieron la Batalla de Inglaterra en el otoño de 1940 y el “Blitz” no consiguió poner al Reino Unido de rodillas; de hecho, fortaleció la voluntad británica de lucha. De todos modos, los alemanes realizan incursiones aéreas cada vez que pueden sobre las Islas Británicas, pero son cada vez menos frecuentes y cada vez causan menos daño. En cambio, hace meses que los británicos se sienten más seguros de sus capacidades aéreas ofensivas y hacen blanco de las ciudades del “Reich”. El 14 de enero, Hamburgo, la segunda ciudad de Alemania, que cuenta con uno de los mayores puertos de Europa, es bombardeada por primera vez por las fuerzas principales de ataque de la “Royal Air Force”. La incursión es nocturna y dura hasta las primeras horas del día 15. A lo largo de la guerra, la ciudad sería objeto de 17 grandes bombardeos y un 75% de la misma quedaría convertido en ruinas.

En el Frente Oriental, los alemanes intentan estabilizar sus líneas, pero la arremetida del Ejército Rojo, aunque ha perdido el primer impulso, todavía ejerce mucha presión sobre las castigadas unidades de la “Wehrmacht”. Por el momento, al menos hasta que termine el invierno, la Unión Soviética está salvada del colapso, aunque le esperan casi cuatro años más de grandes sacrificios para reconquistar su propio territorio y terminar la guerra en Berlín, ante las mismísimas oficinas que usaran Hitler y sus asesores en la Cancillería.

La URSS que está recién empezando a devolver los golpes del nazismo es un gigantesco estado multinacional, cohesionado durante 25 años gracias al terror, usado como instrumento principal de gobierno desde el mismo nacimiento del nuevo estado totalitario. A fines de 1920, Lenin y sus seguidores cerraban victoriosamente las últimas batallas de la Guerra Civil, pero enfrentaban graves crisis de gobernabilidad interna. A fines de 1920, los abusos de los destacamentos de requisa causaron una gran revuelta campesina en la Provincia de Tambov, que contagió a muchas otras zonas campesinas, que resistieron a las tropas especiales de seguridad has bien entrado 1921. La respuesta de Lenin y su gobierno fue imponer medidas tan drásticas, como escarmentar a las familias sospechosas de ayudar o simpatizar con las sublevaciones, fusilando sin juicio a los hijos mayores o a toda persona que no se identificara apropiadamente.

El asalto constante a la gran mayoría campesina de la población rusa, combinado con el efecto de la guerra civil, produjo una gran hambruna, que empezó a dejarse sentir a mediados de 1921. En lo más álgido, durante el verano de 1922, la hambruna afectó a unas 30 millones de personas. El régimen obtuvo ayuda internacional, gracias al respaldo recibido de miembros de lo que quedaba de la “intelligentsia” rusa con buenos contactos en el extranjero, quienes formaron un Comité Pan-Ruso para enfrentar el hambre, que unió fuerzas con la Iglesia Ortodoxa Rusa. Cuando la Cruz Roja y otros organismos internacionales empezaron a enviar ayuda, Lenin ordenó disolver el comité y arrestar o exiliar a sus miembros, demasiado llamativos para lo que podía tolerar el gobierno bolchevique. A pesar de la ayuda, más de 5 millones de personas murieron por efecto de la hambruna de 1921-1922.

Las últimas víctimas de la tiranía de Lenin fueron la Iglesia y los intelectuales que pudieran ser considerados sospechosos o potencialmente peligrosos para el gobierno bolchevique. Entre marzo de 1923, cuando Lenin fue apartado del gobierno luego de sufrir un tercer ataque cerebral, y finales de 1927, cuando Stalin consolidó su poder en el Kremlin, el enfrentamiento entre el régimen y la sociedad experimentó una tregua, que permitió recuperarse de sus heridas a la sociedad, especialmente a los campesinos, que representaban un 85% de la población rusa. Pero tras la expulsión de Trotsky y sus partidarios, a inicios de 1928, el nuevo hombre fuerte de la ahora Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Iosif Stalin, decidió que era tiempo de consolidar los “logros” revolucionarios y reemprender su ataque contra todos los que pudieran representar un peligro para el partido de gobierno, que iba abandonando su nombre revolucionario de “bolchevique” y se institucionalizaba como Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Igual que diez años antes, el enemigo principal del régimen era el campesinado. Pero ahora los campesinos estaban mucho más debilitados y no tenían la fuerza para resistir. Para fines de 1929, Stalin decidió romper la tregua contra esa gran nación de campesinos rusos y proceder a la colectivización forzosa del campesinado ruso, bajo el pretexto de “erradicar a los kulaks”, es decir, a los “campesinos ricos”, supuesto el caso de que existieran en verdad.

El enfrentamiento entre gobierno y campesinado significó deportar más de 2 millones de campesinos y provocar la muerte por hambre de unas 6 millones de personas en 1931-1933, en una segunda hambruna, aún peor que la de los años ’20 y que golpeó especialmente a Ucrania, al punto de considerársela un intento genocida del pueblo ucraniano. Es lo que se conoce como el “Holodomor”, el sometimiento de las masas campesinas mediante el arma del hambre, bajo el pretexto de despojar a los campesinos acomodados y aplicar la “igualdad” socialista.

La mayoría de los campesinos habían sufrido un profundo empobrecimiento desde la Revolución, de modo que no había forma de identificar a un “kulak” siguiendo reales signos exteriores de riqueza. Un campesino podía ser detenido y deportado a un campo de concentración o a una región aislada, junto a su familia, por haber vendido en el mercado algunos kilos de grano, por haber dado trabajo a un obrero agrícola o por haber dado muerte a un cerdo “con la finalidad de consumirlo y sustraerlo a la apropiación socialista”, como rezaba una orden de la época. De modo que cualquiera podía ser víctima de una situación de abusos y arbitrariedad generalizada, que se prestaba para ajustes de cuentas y para el saqueo.

Decenas de miles fueron ejecutados y cientos de miles fueron arrancados de sus lugares de origen, para ser enviados a campos de trabajo o como “colonos especiales”, a zonas particularmente inhóspitas y apartadas, donde también, muchas veces, eran obligados a trabajar forzadamente en obras públicas faraónicas y absurdas, como el canal proyectado entre el Báltico y el Mar Blanco, que se esperaba fuera excavado en roca granítica usando sólo brazos, picotas y carretillas. Familias y comunidades enteras eran subidas a vagones de ganado, para emprender interminables viajes, que solían hacerse más largos, debido a la lenta burocracia del sistema, incapaz de clasificar a los cientos de miles de personas deportadas, que podían quedar varadas durante semanas en centros de clasificación. En condiciones espantosas de falta de higiene y hacinamiento, las enfermedades se esparcían y los prisioneros morían como moscas. Si sobrevivían al horrible viaje en tren, los deportados debían soportar una marcha de la muerte a pie, adonde les esperaba el campo de trabajos forzados o una zona de colonización especial, donde las condiciones eran de pesadilla. Un informe de la región de Arcángel, en el Ártico ruso, de septiembre de 1930, reconocía que, de las 1.641 habitaciones que deberían haberse construido para los deportados, sólo 7 habían sido terminadas cuando éstos llegaron. Los recién llegados debían recurrir a una “zemlianka”, es decir, un agujero en la tierra, tapado con unas ramas. Desde luego, además de carecer de techo, no tenían comida suficiente, ni calefacción. Es lo que muchos autores han llamado “deportación-abandono”, pensada como un modo de someter y exterminar poblaciones completas.

La hambruna provocada y no socorrida de las regiones más fértiles de la vieja Rusia terminó por quebrantar toda estructura que pudiera resistir al régimen comunista en el mundo campesino. En 1934, fue significativo que la policía política cambiara su nombre a “NKVD” (“Comisariado del Pueblo para el Interior”, siguiendo su sigla en ruso). El escenario estaba listo para que el régimen comunista iniciara la siguiente fase de su asalto contra la sociedad, que sería conocido como “El Gran Terror” estalinista y que estaría dejando sentir sus efectos todavía al iniciarse la guerra contra la Alemania Nazi.

Para el pueblo soviético, el terror y el abuso no eran, por desgracia, algo nuevo, aparecido con la bárbara agresión de Hitler.

En la fotografía, se ve una familia “kulak”, frente a la que fuera su vivienda, en el momento en que es despojada, para ser enviada a la deportación.




domingo, 8 de enero de 2017

Hace 100 años. 8 de enero de 1917. Primera Guerra Mundial. Invierno en las trincheras

Hace 100 años
8 de enero de 1917
Primera Guerra Mundial

Invierno en las trincheras

Rumania terminó 1916 en aprietos. Contando con el apoyo de la Entente, entró en la guerra contra tres viejos enemigos: los turcos, los austrohúngaros y los búlgaros, cuya alianza estaba estructurada en torno al “Reich” alemán. La Alemania Guillermina había mantenido buenas relaciones con el relativamente joven reino rumano, al que incluso estuvo unido por un tratado de asistencia militar que, sin embargo, fue desconocido por Bucarest, cuando estalló la guerra europea en 1914. Al comenzar el nuevo año, Valaquia ha sido enteramente perdida por Rumania y las tropas invasoras prosiguen su avance hacia el interior de la Moldavia rumana. Va quedando poco espacio entre las espaldas de las tropas rumanas, apoyadas precariamente por fuerzas rusas, y las fronteras del tambaleante Imperio de los Zares. El 3 de enero, los alemanes capturan Focsani y, el 5, cae Braila. Para el 6 de enero de 1917, las últimas tropas rumanas y rusas abandonan la Dobrogea, perdiendo acceso al curso inferior del Danubio. Sólo la llegada del invierno dará algún respiro a los rumanos.

Los campos de batalla de la Gran Guerra se han repartido por todo el globo y soldados de los cinco continentes han luchado en alguno u otro. Pero el frente principal, el más decisivo y el más sangriento es el Frente Occidental, que enfrenta al grueso del Ejército Alemán contra lo mejor de las fuerzas británicas y francesas, apoyadas por contingentes menores, como el Ejército Belga, o lo que quedó del mismo, luego de la invasión de 1914, y el Cuerpo Expedicionario Portugués, cuyos primeros efectivos llegan a Francia en estos primeros días de enero de 1917.

La lucha en el Frente Occidental estuvo marcada por los casi 10.000 kilómetros de trincheras construidos por ambos bandos. Aunque fueron haciéndose más sofisticadas, las trincheras nunca pasaron de ser mucho más que una zanja cavada en la tierra, que medía unos 3 o 4 metros de alto y unos 2 metros de ancho. Fueron una solución relativamente rápida y barata para proteger a los ejércitos de los ataques enemigos, pero las tropas estaban lejos de ser inmunes a las amenazas, como la artillería y los francotiradores. El clima era otro terrible inconveniente. Las trincheras acumulaban agua rápidamente durante las lluvias de otoño, convirtiéndolas en une pegajosa tina de barro, infestada de roedores y toda clase de alimañas (además de cadáveres de compañeros o enemigos, cuando era temporada de ofensiva). A veces, el agua podía llegar hasta la cintura y la humedad reinante solía causar “pie de trinchera”, una dolencia que podía llegar a ser tan grave, como para forzar a la amputación, cuando se producía gangrena.

A medida que avanzó la guerra, se hicieron esfuerzos por mejorar el drenaje en las trincheras y usar materiales resistentes al agua para el calzado de las tropas de primera línea, pero la vida en las trincheras siempre fue difícil de soportar y muchos hombres que se salvaron de la muerte o de ser heridos, terminaron con severos trastornos siquiátricos por sufrir las miserables condiciones de vida del Frente Occidental, sumadas a las tensiones propias de la guerra.

El invierno de 1916-1917 fue el más crudo que pudiera ser recordado por los hombres desplegados en Flandes. Cuando pasaban las lluvias y llegaba el frío, miles de soldados sufrieron congelamiento y era frecuente que perdieran sus dedos. Las trincheras no proveían demasiado refugio contra los elementos, especialmente durante las guardias de la noche, cuando la ropa y las frazadas se congelaban hasta petrificarse. Las paredes de barro se convertían en murallas heladas, endurecidas como el concreto. El transporte se hacía más dificultoso, con los motores de los vehículos congelados y los alimentos eran casi imposibles de comer.

Clifford Lane, un suboficial británico destacada en el Frente Occidental, recuerda así la experiencia:

“El invierno de 1916-1917 fue el más frío. El invierno fue tan frío que sentía que iba a llorar. No se nos permitía hacer fuego, porque no estábamos lejos del enemigo y, por lo tanto, no podíamos beber té. Solíamos hacer que se nos mandara té por la trinchera de comunicación. Bueno, una trinchera de comunicación podía ser tan extensa como un kilómetro. Comenzábamos por calentar una gran marmita, que dos hombres llevarían como una camilla. Salían con el agua hirviendo; para cuando llegaba hasta nosotros en el frente, había hielo en la superficie; estaba así de frío.”

Abajo, aspecto de una trinchera británica. En primer plano, cuatro soldados preparan una ametralladora Lewis, sentados en el fango.




Hace 75 años. 8 de enero de 1942. Segunda Guerra Mundial. El Terror Rojo (II)

Hace 75 años
8 de enero de 1942
Segunda Guerra Mundial

El Terror Rojo (II)

El 2 de enero de 1942, 7.000 soldados del Eje, aislados de las tropas que se retiran hacia el oeste, son obligados a rendirse en Bardia, Libia. La seriedad de la situación en África se deja sentir en Roma y Berlín. El 3 de enero, cinco cargueros y un tanquero zarpan desde Mesina, Brindisi y Tarento, llevando 1.200 soldados, 54 tanques, numerosas piezas de artillería y autos blindados, 1.000 toneladas de municiones y 5.300 toneladas de combustible. El convoy, que se dirige a Trípoli, recibe la escolta de cuatro acorazados, cinco cruceros, 19 destructores y 5 lanchas torpederas de la “Regia Marina Italiana”. El convoy llega hasta Libia el día 5 y consigue entregar su valiosa carga a las apuradas tropas del general Rommel.

El 2 de enero, aviones japoneses, basados en aeródromos de Borneo y Malasia, atacan Singapur, mientras tropas anglo-indias luchan desesperadamente contra los invasores. En las Filipinas, los japoneses entran en Manila y capturan la base naval de Cavite, así como la base aérea de Clark Field. Para el 5 de enero, las tropas estadounidenses y filipinas son puestas a media ración, debido a la falta de suministros.

Los soviéticos siguen haciendo progresos en su contraofensiva en torno a Moscú. El 3 de enero de 1942, recapturan Kaluga, que había sido conquistada por los alemanes durante la “Operación Tifón”. Stalin, entusiasmado por lo que son sus primeras victorias en la guerra, ordena que se pase a la ofensiva en todos los frentes. A sus generales les preocupa que se aplique tanta presión al Ejército Rojo, que hace apenas unas semanas estaba al borde de la disolución. Para el 7 de enero el contraataque ruso estaba detenido, debido a varios factores: la llegada de lo peor del invierno, el estiramiento de las líneas de suministro soviéticas, la porfiada defensa de los alemanes, la oportuna actuación de la “Luftwaffe” y la baja moral en algunas unidades del Ejército Rojo, cuyo cuerpo de oficiales tardará en recuperarse del doble golpe de las purgas estalinistas y del ataque alemán. De todos modos, al terminar la Batalla de Moscú, aunque haya sido de última hora, la victoria  pertenece al Ejército Rojo y los alemanes habían sido obligados a retirarse hasta 250 kilómetros en algunas secciones del frente central.

La fase final de la Batalla de Moscú, que corresponde a la contraofensiva soviética destinada a eliminar la amenaza inmediata a la capital soviética, fue la primera vez que el Ejército Rojo consiguió detener y hacer retroceder a la “Wehrmacht”, desde el inicio de la campaña en junio de 1941. En el ínterin, la población civil de la URSS había sufrido los rigores de la guerra, no menos que los soldados de uno y otro bando. Es posible que nunca una población civil en guerra haya sido tan abusada por el ejército invasor y por su propio ejército, encargado de defenderla. Pero el abuso no es algo nuevo para los pueblos soviético. Están habituados a sufrir y Stalin estuvo a punto de perderlo todo, en gran parte, por la crueldad con que el Partido Comunista había gobernado el país desde la Revolución en 1917. El pueblo soviético, en su mayoría, no estaba dispuesto a dejarse matar, para salvar a semejante gobierno. Prefería huir o darse prisionero, sin sospechar que su suerte bajo los nazis podía ser todavía peor.

Uno de los aspectos más crueles del método de gobierno comunista fue el constante enfrentamiento entre el gobierno bolchevique y la masa de campesinos, que sufrió el acoso de los destacamentos de requisa desde los tiempos de la guerra civil. Ya en esos años iniciales del régimen marxista, eran frecuentes las insurrecciones y resistencias de todo tipo de las comunidades campesinas a los abusos de los destacamentos de requisa, que cometían todo tipo de arbitrariedades y abusos, además de presentarse para despojar a los campesinos de todo el producto de su trabajo y condenar a pueblos enteros a la escasez y el hambre. Era común que la Cheka, la policía política bolchevique, ejecutara a decenas de personas, si mostraban la más mínima señal de desobediencia. También era frecuente la captura de rehenes entre las familias campesinas, que respondían con su vida del cumplimiento de las cuotas de requisa, impuestas desde el poder central, con expectativas cada vez menos realistas y que terminaron desembocando en dos grandes hambrunas, que acabaron con la vida de millones de ciudadanos de la URSS.

Los primeros campos de concentración aparecieron en el verano de 1918. En agosto de ese año, Lenin telegrafió a los responsables de la provincia de Penza, para disponer el internamiento en campos de concentración de los “kulaks”, es decir, los “campesinos acomodados”, lo que podía equivaler a cualquier cosa en esos confusos años; el líder de la revolución también ordenaba internar a los “guardias blancos”, una confusa categoría que podía reunir a todos los que hubieran estado relacionados con el zarismo, real o imaginariamente; los dirigentes de los partidos políticos diferentes al bolchevismo; así como a otros muchos “elementos dudosos”, entre los que se contaba a los sacerdotes y miembros de ciertos grupos étnicos considerados hostiles al poder soviético, como los cosacos.
En una declaración de septiembre de 1918, Grigori Zinoviev, uno de los principales dirigentes bolcheviques de los primeros años, declaraba: “debemos atraer a nuestro lado, digamos, a noventa de los cien millones de habitantes de la Rusia Soviética. En cuanto a los otros, no tenemos nada que decirles. Deben ser aniquilados.” Entre fines del verano e inicios del otoño de 1918, con la guerra civil en pleno desarrollo, con las grandes fábricas hirviendo en huelgas y el campo resistiendo las requisas, la Cheka pudo mantener a Lenin y sus compañeros en el poder sólo desplegando la más sanguinaria de las represiones. En dos meses aproximadamente, entre 10.000 y 15.000 personas fueron ejecutadas por esa siniestra organización.

Resulta ilustrativo comparar estas cifras con la represión llevada a cabo por el Zarismo contra sus opositores. Entre 1825 y 1917, los tribunales (incluyendo tribunales militares y de excepción) pronunciaron 6.325 condenas a muerte en procesos relacionados con el orden político. El año más violento fue 1906, cuando la reacción a la Revolución de 1905 significó la dictación de 1.310 sentencias de muerte en un año. En unas pocas semanas, la policía de seguridad bolchevique ejecutó dos a tres veces más personas que lo que el Zarismo había condenado a muerte en noventa y dos. Además, en el caso de los reprimidos por el Zarismo, fueron ejecutados siguiendo un procedimiento legal y no siempre fueron ejecutados, pues muchas sentencias a muerte fueron conmutadas por penas de cárcel o relegación a Siberia.

La Cheka, concebida como “comisión extraordinaria” , fue reemplazada en 1922 por el “Directorio Político Unificado del Estado”, más conocida como “GPU”, por sus siglas en ruso. El nacimiento oficial de la Unión Soviética y el término de la guerra civil ese año, crearon la necesidad de una estructura que usara el terror como herramienta permanente de gobierno. Los siguientes decenios, hasta la caída de la URSS, verían ciclos sucesivos de recrudecimiento y pausa en la aplicación del terror masivo a la población, que se transformó en un elemento siempre presente en la relación entre el gobierno comunista y los que tenían la desgracia de ser gobernados por el mismo.

En la fotografía, tomada en junio de 1924, aparecen Iosif Stalin y Felix Dzerzhinsky, quien fuera el primer jefe y organizador del aparato represivo soviético, hasta su muerte, ocurrida en 1926 por causas naturales. Desde esa posición, Dzerzhinsky fue el ejecutor de las políticas de terrorismo de estado masivo que Lenin, primero, y Stalin, más tarde, ordenaron mientras ocupaban la dirección del omnipotente estado totalitario soviético.




lunes, 2 de enero de 2017

Hace 100 años. 1 de enero de 1917. Primera Guerra Mundial. 1916: un balance



Hace 100 años
1 de enero de 1917
Primera Guerra Mundial

1916: un balance

El 26 de diciembre de 1916, el general Joseph Joffre es creado Mariscal de Francia, el primero en alcanzar esa distinción bajo la Tercera República. Quien fuera Comandante en Jefe desde el estallido de la guerra en 1914, es tan popular, que lo han apodado “Papá Joffre”. La victoria pírrica en Verdún y el decepcionante resultado de la gigantesca ofensiva anglo-francesa en el Somme hicieron caer en desgracia a Joffre, a quien, sin embargo, las autoridades se cuidan de llenar de honores, para no dañar el prestigio del hombre que supo conservar la calma en el verano de 1914, cuando rechazó a los alemanes en la Batalla del Marne, luego de haberlos tenido a 40 kilómetros de París.

El 27 de diciembre, mientras se dirigía a los Dardanelos, es hundido el acorazado francés “Gaulois”. Era un acorazado “pre-dreadnought”, de la “Clase Charlemagne”, que inició su servicio en 1899. Había sido destinado a escoltar convoyes de tropas al comienzo de la guerra. Participó más tarde apoyando la presencia de la Entente en los Dardanelos en 1915. Mientras participaba del bombardeo de las posiciones turcas, junto con el resto de la flota anglo-francesa, fue seriamente dañado y tuvo que regresar a Tolón para reparaciones. Volvió a los estrechos en enero de 1916, para colaborar en la evacuación de las tropas de la Entente, obligadas a reembarcar debido a la presión ejercida por los defensores turco-alemanes.

Después de su participación en la fallida expedición a los Dardanelos, el “Gaulois” necesitaba urgentes reparaciones, luego de las cuales recibió la orden de volver al Mediterráneo oriental. El 27 de diciembre, había entrado al Mar Egeo y navegaba al sur de Grecia, cuando fue torpedeado por el submarino alemán “UB-47”, que logró burlar la escolta de un destructor y dos pesqueros de arrastre armados, encargados de proteger al gigantesco navío de las amenazas submarinas. Afortunadamente las bajas fueron moderadas y sólo cuatro marinos de sus 668 tripulantes murieron en el ataque: dos a causa del impacto del torpedo y dos más durante la evacuación. Su pérdida fue, sin embargo, un rudo golpe para la moral de la “Marine Nationale”.

El año de 1916 termina siendo decepcionante para todos los beligerantes. A pesar de tantos esfuerzos, ninguno de los dos bandos está cerca de resolver la guerra a su favor y la situación se asemeja un empate. Los alemanes pueden estar un poco más satisfechos que el resto. A medida que pasaron los meses, sus aliados se han ido haciendo más y más dependientes del Imperio del Káiser, que lucha simultáneamente en Flandes, Polonia, los países bálticos, Ucrania, Rumania, Grecia, Palestina y África. A partir de 1917, las tropas alemanas también harán acto de presencia en los Alpes, apoyando a las tropas austrohúngaras que se baten contra los italianos. En el mar, la “Kaiserliche Marine” apenas ha podido desplegar su poderosa flota de superficie, superada en número por la “Royal Navy”, pero sus submarinos y mercantes armados han sido capaces de causar serios problemas a las líneas de comunicación marítima de las potencias de la Entente.

En 1916, Bulgaria probó ser un valioso aliado del “Reich”. Los búlgaros están decididos a luchar hasta las últimas consecuencias y sus tropas han sido determinantes para ir acorralando a los rumanos y mantener a raya a las fuerzas anglo-francesas en Salónica. El Imperio Otomano, que todos juzgaban moralmente acabado, con el apoyo alemán, ha sido capaz de luchar con sorprendente eficacia y el inicio del año que termina estuvo marcado por la victoria conseguida por los turco-alemanes en los Dardanelos. Austria-Hungría, el tercer aliado de los alemanes, tiene crecientes dificultades para reponer las enormes bajas sufridas en el campo de batalla y los líderes en Viena parecen convencidos de que otro año más en guerra puede significar el fin del Imperio. Por el momento, parece el eslabón más débil en la alianza de los Imperios Centrales.

El mayor desencanto para los alemanes en 1916 fue Verdún, que se esperaba pusiera a Francia fuera de combate y acabó en una especie de costoso empate, que terminó dejando el frente donde estaba antes de la batalla, pero con cientos de miles de soldados alemanes muertos, heridos o prisioneros, muy difíciles de reponer en las filas.

A pesar de partir el año con el fiasco de la retirada desde los Dardanelos, la Entente planificó sus operaciones de 1916 de modo de abrumar a los Imperios Centrales con ofensivas simultáneas en todos los frentes europeos. Los rusos atacaron con la Ofensiva de Brusilov, Italia machacó incansablemente la línea austriaca en el Isonzo y los franco-británicos preparaban una gran operación en el Oeste, que tuvieron que modificar en cuanto al momento de ejecución, debido al masivo ataque alemán en Verdún. La Batalla del Somme sería esa gran ofensiva, que terminó librándose de manera simultánea con la Batalla de Verdún. El ingreso de Rumania en la guerra estaba pensado para añadir aun más presión sobre Alemania y sus aliados, al igual que la confusa intervención en Grecia.

Las ofensivas simultáneas pusieron en serios aprietos a los Imperios Centrales y el Káiser Guillermo pensó que la guerra estaba perdida cuando Rumania declaró la guerra. Pero los germanos y sus aliados no se quebraron. De hecho, la Batalla del Somme tuvo un costo altísimo para la Entente, a cambio de un avance insignificante, mientras que Italia no consiguió casi nada en las muchas batallas que presentó en el río Isonzo. En Los Balcanes, Rumania terminaba 1916 con su capital capturada y carente del apoyo de sus más poderosos aliados, Francia y Gran Bretaña. Rusia, aquejada de muchos problemas internos, era incapaz de apoyar a los rumanos apropiadamente, y la ofensiva encabezada por el general Alexei Brusilov, aunque causó bajas catastróficas a los austrohúngaros, también supuso un alto costo a los rusos, que se iban encaminando rápidamente a la revolución que pondría fin al Imperio de los Zares.

En Salónica, el frente quedó estático, con Grecia sumida en una cuasi guerra civil, que enfrenta al gobierno del Rey Constantino, partidario de la neutralidad, y al ex Primer Ministro, Eleftherios Venizelos, que encabeza un gobierno paralelo, bajo la protección de la Entente.

Mirado desde más lejos, la Gran Guerra se ve como un empate, donde el tiempo corre a favor de la Entente, dueña de las vías de comunicación marítima. Alemania, Austria-Hungría, Bulgaria y el Imperio Otomano, conectados por tierra, se ven como una fortaleza terrestre, que ha rechazado hasta ahora los asaltos, pero que parece con pocas posibilidades de levantar el asedio. En 1917, la entrada de Estados Unidos en la guerra inclinará la balanza estratégica aun más del lado de Francia y Gran Bretaña.

Abajo, la portada del “Saturday Evening Post” del 30 de diciembre de 1916. El año nuevo 1917, representado por un querubín envuelto en pañales, mira angustiado el lugar que una vez ocupó Europa en el globo terráqueo y que ahora luce un agujero que representa los efectos de una guerra que entra en su tercer año según calendario.



Hace 75 años. 1 de enero de 1942. Segunda Guerra Mundial. 1941: un balance



Hace 75 años
1 de enero de 1942
Segunda Guerra Mundial

1941: un balance

En África del Norte, Rommel termina el año retirándose, pero salva su ejército de ser rodeado, gracias a sus dotes de mando y a la excesiva prudencia de los mandos británicos, demasiado acostumbrados a perseguir a un Rommel que destruye a sus enemigos, justo cuando parece derrotado. El 26 de diciembre de 1941, el general alemán ordena que sus tanques se retiren hacia Agedabia, luego de haber luchado varios días a la defensiva y haber causado serias bajas a los perseguidores del 8º Ejército Británico. El 27, en una movida sorpresiva, los “panzer” detuvieron su retirada y flanquearon a los tanques de la 22ª Brigada Acorazada británica, que sufre muchas pérdidas. Los combates entre tanques británicos, por un lado, y alemanes e italianos, por el otro, seguirán por varios días, con altibajos para uno y otro bando, con los británicos perdiendo la iniciativa, a medida que sus líneas de abastecimiento se alargaban.

También en África del Norte, hace su aparición un avión que será protagonista de la campaña. El 2 de enero de 1942, los Curtiss P-40, cazas de fabricación norteamericana, ven combate por primera vez al servicio de la “RAF”, en los cielos africanos. Mientras los norteamericanos llamaban “Warhawk” al modelo, los aviadores de la “Commonwealth” y los soviéticos que los usaron por la Ley de Préstamo y Arriendo los llamaban “Tomahawk”. A partir de las versiones “D” y posteriores del modelo, los británicos y rusos los llamaron “Kittyhawk”. Los “P-40” vieron algo de combate el primer día de Estados Unidos en la guerra, pero la mayoría de los aparatos destinados a proteger los cielos de Pearl Harbor fueron destruidos en tierra. A pesar de ser cazas de desempeño inferior a los modelos alemanes que debían enfrentar, los “Tomahawk” y “Kittyhawk” lograron cumplir su misión y estuvieron en primera línea de combate hasta 1943, habiendo cumplido un rol clave en la victoria aliada sobre las tropas de Rommel. Incluso, una vez que nuevos modelos de cazas los reemplazaron en su rol original, los “P-40” siguieron actuando con eficacia como aparatos de apoyo estrecho, luciendo sus narices pintadas como las fauces abiertas de un tiburón.

Los días 26 y 27 de diciembre de 1941, los Aliados ejecutan dos atrevidas operaciones contra el territorio noruego, ocupado por los alemanes. El 26, proceden con la “Operación Anklet”, con la participación de 223 comandos británicos y 77 efectivos de las fuerzas noruegas libres, que desembarcaron en Moskenosoya, en las Islas Lofoten, en el territorio ártico noruego, apoyados por submarinos y buques de superficie británicos, polacos y noruegos. El 27 de diciembre, se llevó a cabo una incursión aun mayor, en la llamada “Operación Archery”, con 570 comandos británicos y unos cuantos miembros de las fuerzas noruegas libres, que atacaron Vasgoy, también en el helado norte de Noruega.

“Anklet” y “Archery” no fueron las primeras incursiones aliadas en suelo noruego y habrían hasta 12 “raids”, que intentaron causar todo el daño posible a las instalaciones de uso militar y a la industria local que servía a los ocupantes alemanes. En el caso de estas dos operaciones de diciembre de 1941, el saldo fue positivo. La fuerza expedicionaria regresó con decenas de prisioneros, entre personal alemán y colaboracionistas noruegos, además de decenas de noruegos que se ofrecieron como voluntarios, para partir hacia Gran Bretaña y sumarse a las fuerzas noruegas que luchaban desde el exilio por la libertad de su patria. Este tipo de operaciones era también una buena oportunidad para obtener inteligencia. En esta ocasión, las tropas aliadas consiguieron llevarse una máquina “Enigma” y un libro de códigos navales alemanes, que podían resultar muy útiles en la ruda batalla que la “Royal Navy” y la “US Navy” libraban contra la “Kriegamarine”, especialmente contra sus submarinos. Pero, sobre todo, las operaciones comando contra Noruega alimentaban la paranoia de Hitler, que esperaba que los británicos invadieran Escandinavia de un momento a otro, de modo que siempre mantuvo una importante fuerza de ocupación que, de otro modo, pudo usarse en el Frente Oriental. Para 1944, la guarnición alemana en Noruega llegaba a los 370.000 hombres.

En el Pacífico, los Aliados se retiran en todos los frentes. Los japoneses, hace pocos días, han desfilado triunfalmente en Hong Kong y van cerrando el puño sobre otras posesiones británicas, especialmente Singapur. También amenazan Birmania y las Indias Orientales Holandesas. Las unidades de la Marina Imperial Japonesa atacan en casi todos los territorios insulares controlados por Estados Unidos y consiguen grandes progresos en las Filipinas, donde las fuerzas locales y norteamericanas, junto con el gobierno filipino, han debido retirarse a Bataán, donde harán su último intento de resistencia en torno a la fortaleza de Corregidor. En un acto dramático y simbólico, el 30 de diciembre de 1941, Manuel Quezón y Sergio Osmeña juran como Presidente y Vicepresidente, respectivamente, de Filipinas, en uno de los túneles de acceso de Corregidor.

En el Frente Ruso, los alemanes no consiguen todavía estabilizar el frente. Además de la contraofensiva soviética en torno a Moscú, el Ejército Rojo lanza por estos días una gran operación para aliviar la presión ejercida por la “Wehrmacht” en Crimea. Los soviéticos todavía tienen problemas de mando y su moral no es la mejor, pero obligan a los alemanes a retirarse en el centro y a suspender sus operaciones en el sur del enorme frente. Al menos en los próximos meses, Sebastopol, al igual que Moscú, se salva de ser capturada por los invasores.

Al ir acabando 1941, las conquistas del Eje se ven impresionantes en el mapa. Desde el Egeo hasta el Ártico y desde Calais hasta las puertas de Moscú, Alemania, Italia y sus aliados imponen su ley. Japón ha comprometido seriamente la presencia naval aliada en el Pacífico y se encamina a consolidar la conquista de Malasia, Indonesia y Filipinas, además de controlar grandes extensiones insulares y marítimas del Pacífico.

Pero el Eje no ha podido dar el golpe de gracia. En África, Tobruk resistió el primer asedio y la conquista del Canal de Suez se ve cada vez más lejana, desde el punto de vista de Rommel, obligado a retirarse de la Cirenaica. En Rusia, Moscú no cayó y los soviéticos, aunque están lejos de desplegar todo su potencial, han montado una exitosa, aunque limitada contraofensiva, que consigue salvar su capital y los mantiene dentro de la guerra. Japón ha dado duros golpes a los británicos y norteamericanos, pero los Aliados siguen luchando y construirán nuevos buques, que reemplazarán a los hundidos por los nipones. Sobre todo, el ingreso de Estados Unidos en la guerra, al lado del Reino Unido, desequilibra la balanza estratégica mundial en contra de Alemania, que no parece cerca de conseguir una victoria decisiva en el corto plazo. El cambio sicológico llegará recién en 1942, con la victoria estadounidense en Midway, el cerco del 6º Ejército Alemán en Stalingrado y la victoria británica en El Alamein

Abajo, en la portada del “Saturday Evening Post”, un Año Nuevo 1942, tocado con una gorra del “US Army”, monta guardia en el hemisferio occidental, atento a cualquier intrusión de las fuerzas del Eje.


 

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