domingo, 11 de diciembre de 2016

Hace 100 años. 11 de diciembre de 1916. Primera Guerra Mundial. La Austria-Hungría de Carlos I

Hace 100 años
11 de diciembre de 1916
Primera Guerra Mundial

La Austria-Hungría de Carlos I

Los Balcanes fueron el polvorín que incendió toda Europa en 1914 y luego el mundo. Casi al terminar 1916, la península sigue siendo una región muy intranquila.

En Grecia, han seguido desarrollándose los incidentes entre los realistas y los venizelistas, luego de la desafortunada incursión de tropas de la Entente en la capital, Atenas. Es lo que se conoce como “Noemvriana” (los “Sucesos de Noviembre”, en el calendario juliano, que Grecia todavía seguía en 1916) y que significará un fractura decisiva en la convivencia política de los griegos. El Rey Constantino es un protegido del Zar Nicolás de Rusia, de modo que Francia y Gran Bretaña no se atreven a producir su derrocamiento de manera directa, pero aprietan la soga en torno a su cuello todo lo que pueden, de modo que el 8 de diciembre, las flotas francesa y británica inician un bloqueo de Grecia.

El 5 de diciembre, puede darse por finalizada la Batalla del Río Arges, en Rumania. Fue éste el último contraataque rumano sobre las fuerzas germano-búlgaras, antes de que las últimas marcharan directamente sobre Bucarest. Los ejércitos de los Imperios Centrales, mandados por el alemán August von Mackensen, desde fines de noviembre, habían iniciado el cruce del Río Arges, la última barrera natural antes de la capital rumana. Los rumanos, a sugerencia de sus asesores franceses, lanzaron una contraofensiva que caería sobre el flanco de la fuerza invasora. En la operación, los rumanos utilizaron todo lo que quedaba de sus reservas y fueron apoyados por las tropas rusas que se habían desplegado en Rumania, una vez qué ésta entró en la guerra.

El ataque rumano comenzó prometedoramente, pero la lentitud de las reservas para entrar en acción y la rápida reacción de alemanes y búlgaros, convirtieron la batalla en un desastre para Rumania y para la Entente. Para el 4 de diciembre, los rumanos se retiraban en todos los sectores del frente y pronto sus fuerzas quedaron partidas en dos. Los restos del ejército en retirada tuvieron cuidado de incendiar los ricos pozos petrolíferos de Ploiesti, para evitar que cayeran en manos de los alemanes. Pero no pudieron evitar que Bucarest capitulara el 6 de diciembre, luego de que el Rey Fernando y su gobierno abandonaran la ciudad. Los rumanos dejaron alrededor de 150.000 muertos y heridos en el campo, además de perder otros 150.00 soldados, que terminaron prisioneros de los búlgaro-alemanes. Eran pérdidas que un país pequeño, como Rumania, aislado de sus más poderosos aliados, simplemente no podía reponer. La campaña rumana estaba, de hecho, decidida, y la derrota rumana no se precipitó de inmediato, sólo porque la llegada del invierno evitó que los alemanes y los búlgaros siguieran avanzando.

Desde hace unos días, tras el fallecimiento de Francisco José, Carlos I es Emperador de Austria y Rey Apostólico de Hungría. Carlos tiene buenas intenciones, pero no tiene experiencia política y nunca tuvo oportunidad de formar un círculo de asesores propios. No le queda más remedio que recurrir al círculo de allegados del anterior heredero, Francisco Fernando, cuyo magnicidio desencadenó la Gran Guerra en 1914. El asesinado archiduque, sin embargo, se distinguía por sus ideas marcadamente autoritarias y tal vez, en un momento tan crítico para la vieja monarquía habsburguesa, el autoritarismo no era la mejor opción.

Apenas ascendido al trono, Carlos destituyó al Ministro-Presidente de Austria, Ernest von Koerber, quien había sido designado en octubre de 1916 por Francisco José, luego del asesinato de Karl von Stürgkh. Además de la mutua antipatía de Carlos y Von Koerber, monarca y ministro mantenían importantes diferencias de opinión. Koerber defendía el retorno a un estado constitucional normal y el restablecimiento del “Reichsrat”, la asamblea legislativa austriaca. Carlos, influido por los asesores heredados de Francisco Fernando, quiso demostrar mano firme. Además deseaba implementar ciertos cambios, que serían más fáciles de echar a andar si no había un parlamento estorbando en el medio. En reemplazo de Koerber, Carlos designó a un miembro de la aristocracia germano-bohemia, el conde Heinrich Clam-Martinic, que había pertenecido al círculo de allegados de Francisco Fernando.

En la mitad húngara del Imperio, Carlos optó por la continuidad del conde István Tisza como Ministro-Presidente. Tisza garantizaba la estabilidad de Hungría, pero su elección también significaba reforzar la “magiarización” del reino, en detrimento de las otras nacionalidades que lo poblaban y que pudieron abrigar alguna esperanza de mayor autonomía con la llegada de un nuevo soberano, tras el largo reinado de Francisco José.

Tisza, un viejo y hábil participante de los pasillos del poder, convenció al nuevo y joven monarca de hacerse coronar Rey de Hungría lo antes posible, con la idea de que el potente simbolismo de la ceremonia fortalecería los ideales dinásticos en un momento en que el Imperio enfrentaba la crisis de la guerra. Pero Carlos no calculaba que aceptar la coronación como Rey Apostólico de Hungría lo obligaba a jurar la actual constitución y preservarla sin cambios, de modo que restringía el espacio político que podía tener el nuevo soberano, con vistas a las reformas que quisiera introducir en Hungría. La ceremonia de coronación en Budapest fue programada para el 30 de diciembre. Se preparaba, así, un despliegue de pompas y formalidades arcaicas que se veía ridículo ante el fondo de la guerra mundial en desarrollo.

La conducción militar tampoco quedaría inmune a los cambios. El 2 de diciembre, Carlos tomó en persona la comandancia en jefe de las fuerzas armadas. Francisco José había preferido renunciar al mando de sus ejércitos, debido a su avanzada edad. No obstante, la tradición imponía que los ejércitos imperiales fueran mandados en batalla por un varón de la casa imperial. Al estallar la guerra, el honor recayó en el archiduque Friedrich, un hombre pasivo y bonachón, que no tenía deseos de conducir una guerra y que tampoco sabía cómo hacerlo, pero que desempeñó el cargo en términos formales y honoríficos desde 1914, dejando el mando efectivo de las operaciones al Jefe de Estado Mayor, el general Franz Conrad von Hötzendorf. Entre otros apodos, el archiduque era llamado “K. u. K. Grosspapa”, “Real e Imperial Abuelo”. Para no herir su orgullo, ni mancillar el nombre de la dinastía, Carlos pasó a retiro al archiduque Friedrich con todos los honores y condecoraciones habidas en el nutrido protocolo de la vieja e imperial Austria. El Emperador tampoco se entendería con el general Von Hötzendorf, que también sería dado de baja algunos meses más tarde.

Abajo, el nuevo monarca Austrohúngaro conversa con uno de sus oficiales. De fondo, un tren militar. La fotografía fue tomada a principios de diciembre de 1916 en Ozydow, Galitzia, uno de los sectores más activos del Frente Oriental.




Hace 75 años. 11 de diciembre de 1941. Segunda Guerra Mundial. Pearl Harbor

Hace 75 años
11 de diciembre de 1941
Segunda Guerra Mundial

Pearl Harbor

Para diciembre de 1941, el Ejército Alemán está comprometido en dos frentes terrestres: África del Norte y la Unión Soviética. En ambos teatros de operaciones, el último mes del año será escenario de dudas y retrocesos para Berlín. En África, Rommel es forzado a retirarse, aunque la “Commonwealth” no se decide a perseguir sus tropas de inmediato, recelosos de que el “Zorro del Desierto” esté preparando una de sus famosas trampas. Pero toda la genialidad de Rommel no basta para compensar el hecho de que, mientras Gran Bretaña domine los mares, alemanes e italianos siempre recibirán suministros más tarde y en menor cantidad que sus enemigos. El 10 de diciembre de 1941, el sitio de Tobruk puede considerarse oficialmente levantado. El uso intensivo de los vehículos, la carencia de repuestos y la escasez de combustible han reducido el otrora poderoso “Deutsches Afrika Korps” a 40 tanques operacionales, que se aferran a una nueva línea defensiva, que mantienen en su extremo sur, mientras los italianos se encargan de sostener el extremo norte con sus fuerzas, también muy mermadas. Rommel ya ha sido notificado de que, con la campaña rusa en un punto crítico, todo el esfuerzo logístico del “Reich” será concentrado en el Frente Oriental, así que no debe esperar ayuda desde la otra orilla del Mediterráneo en las siguientes semanas. Puede considerarse muy afortunado si llega al verano de 1942 sin haber perdido la campaña africana por falta de abastecimientos y reemplazos.

En las inmensidades de la Unión Soviética, un rudo invierno se acerca para la “Wehrmacht”. Al comienzo de la campaña, el Frente Oriental había sido dividido en cuatro sectores por el Ejército Alemán. En el extremo norte, una agrupación relativamente pequeña de tropas alemanas, mandadas por el general Eduard Dietl, apoyada por fuerzas finlandesas, tenía la misión de cortar el ferrocarril que conectaba el importante puerto de Murmansk, en la costa soviética del Ártico, y posteriormente capturar el puerto mismo. Un poco más al sur, operaba el “Grupo de Ejércitos Norte”, encargado de conquistar la costa báltica y avanzar sobre Leningrado, tomar o aislar la ciudad y enlazar con los finlandeses y con las tropas que luchaban en el Ártico. Estas agrupaciones septentrionales nunca recibieron la cantidad de tropas y equipamiento necesarios.

Las fuerzas de Dietl lo más cerca que llegaron del ferrocarril a Murmansk fueron 30 kilómetros de distancia. Al mismo puerto, nunca pudieron siquiera aproximarse. El puerto era un objetivo importante, que llegó a recibir hasta la cuarta parte de la ayuda enviada desde Estados Unidos y Gran Bretaña, pero los alemanes nunca destinaron más que algunas divisiones de montaña y algo de las tropas que ocupaban Noruega, totalizando poco más de 20.000 hombres, un número que se ve ridículo, si lo comparamos con las enormes agrupaciones de hombres que lucharon en otros sectores de Rusia.

El “Grupo de Ejércitos Norte”, cuyo objetivo era Leningrado, era una unidad mayor, pero notoriamente más pequeña que sus similares del Centro, destinado a atacar Moscú, y del Sur, encargado de Ucrania y el Cáucaso. Las agrupaciones septentrionales del Ejército Alemán tuvieron que librar una “guerra de pobres” y sus objetivos siempre fueron considerados secundarios por el alto mando en Berlín. Y aunque no hubiera sido así, Alemania simplemente no tenía suficientes hombres y armas para abarcar por igual toda la extensión del Frente Oriental, además de luchar en África y ocupar gran parte de Europa. Por último, los finlandeses nunca se comprometieron con una ofensiva que profundizara en territorio soviético y su objetivo se limitaba a restaurar las fronteras existentes antes de la Guerra de Invierno de 1939-1940.

El “Grupo de Ejércitos Sur” había protagonizado algunas de las victorias alemanas más espectaculares, con la Batalla de Kiev destacando en primerísimo lugar. No obstante, a pesar de contar con recursos considerables, para fines de 1941, la logística de sus unidades estaba exigida al máximo y ya había tenido que ver cómo el Ejército Rojo se daba el lujo de reconquistar Rostov del Don. En el mapa, los avances del “Grupo Sur” se veían impresionantes, pero no había conseguido conquistar Crimea, no había llegado hasta el petróleo del Cáucaso y tampoco Ucrania estaba del todo segura, como quedaba demostrado por la pérdida de Rostov.

Pero los problemas de verdad, para la “Wehrmacht”, estaban en el sector asignado al “Grupo de Ejércitos Centro”. Para diciembre de 1941, esta agrupación era la mayor de las tres, reuniendo la mayoría de las divisiones “panzer”, para dar apoyo a lo que se esperaba fuera la conquista de Moscú antes de la llegada del invierno ruso. Para el 5 de diciembre de 1941, sin embargo, el avance alemán se había detenido. Los generales alemanes se resignaron a que no pasarían el invierno en el Kremlin y el mismo Hitler accedió a que el ejército se detuviera y adoptara posiciones defensivas en todo el frente. Para inicios del último mes del año, se habían dado 130.000 casos de congelamiento entre las filas y los vehículos debían ser calentados con fogatas durante horas, antes de poder darles arranque. La logística alemana ya no daba más de sí misma y no era capaz de entregar la suficiente cantidad de municiones, repuestos y otros suministros, especialmente la ropa de invierno que, en cambio, los soviéticos tenían en abundancia.

El 8 de diciembre, Hitler ordenó oficialmente detener la ofensiva sobre Moscú, reconociendo que la “Operación Tifón” había fallado en su objetivo. Los alemanes, con todo, esperaban pasar un invierno relativamente tranquilo y reponer gradualmente sus fuerzas, pues calculaban que la URSS no podía tener más reservas disponibles, al haber perdido casi 3,5 millones de soldados desde el inicio de las hostilidades. Los alemanes pensaban, con toda lógica, que si ellos mismos no eran capaces de seguir atacando, los soviéticos tampoco deberían ser capaces de lanzar un ataque. Pero estaban muy equivocados.

Los días 5 y 6 de diciembre, el general Georgi Zhukov lanzó a la batalla 58 divisiones de reserva, que incluían 1.700 tanques nuevos y el apoyo de 1.500 aviones transferidos desde el Asia soviética. Los soviéticos estaban casi en paridad numérica con los alemanes, pero muchas de sus tropas estaban descansadas y sus líneas de comunicaciones eran mucho más cortas que las alemanas, de modo que la logística operaba a la perfección. Al comienzo, los avances soviéticos fueron escasos y muy costosos, pero pronto el desgastado Ejército Alemán empezaría a ceder ante la presión y comenzaría una dolorosa retirada por el mismo terreno sobre el que había pasado triunfante en octubre y noviembre.

En el Pacífico, los acontecimientos se precipitan. El 7 de diciembre de 1941, más de 300 aviones japoneses, lanzados desde seis portaaviones, atacan la base naval norteamericana de Pearl Harbor, empujando a Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial. La incursión fue planificada como un golpe preventivo que mantuviera anulada a la Flota del Pacífico de Estados Unidos y le impidiera osbtaculizar las campañas de conquista planificadas por los japoneses para los siguientes meses y cuyos objetivos eran las posesiones de ultramar británicas, estadounidenses y norteamericanas. Los japoneses consiguieron absoluta sorpresa y el balance, al final del día, era impresionante. Sus pequeños aviones habían dañado seriamente a los ocho acorazados anclados en la base, cuatro de los cuales se hundieron a consecuencia del ataque. Muchos otros cruceros, destructores y embarcaciones menores fueron dañados o hundidos. En tierra, las bases aéreas fueron muy castigadas y 188 aviones fueron destruidos, la mayoría en sus pistas, sin la oportunidad de despegar y dar pelea. Más de 3.500 norteamericanos murieron o fueron heridos en la acción. Los japoneses, en cambio, apenas perdieron 29 aviones, cinco submarinos enanos, 64 muertos y un prisionero.

Al día siguiente, Estados Unidos declaraba la guerra a Japón. Antes de que pasara una semana, Washington intercambiaría declaraciones de guerra con Alemania e Italia.

Además de atacar las posesiones norteamericanas, Japón inició una ofensiva simultánea contra las posesiones coloniales holandesas y británicas. Gran Bretaña estaba esperando hacía tiempo una agresión japonesa contra sus colonias de Asia. Para reforzar su presencia naval en el área, el Almirantazgo en Londres ensambló la “Fuerza Z”, estructurada en torno a dos poderosos navíos: el acorazado “HMS Prince of Wales” y el crucero de batalla “HMS Repulse”, apoyados por un número de destructores y cruceros. Para dar cobertura aérea, se les debería haber unido el nuevo portaaviones “HMS Indomitable”, pero éste sufrió un accidente en el Caribe antes de poder llegar y no pudo unirse a tiempo.

Al mismo tiempo en que sus portaaviones machacaban Pearl Harbor, los japoneses despachaban una fuerza que desembarcó tropas en la Península de Malaya el 8 de diciembre, con el objetivo de avanzar hacia Singapur, una de las plazas más importantes del Imperio Británico. Los mandos británicos entendían que un acorazado, un crucero de batalla y sus buques de apoyo eran poca cosa contra los nueve acorazados, seis portaaviones y decenas de cruceros y destructores de la Marina Imperial Japonesa. Pero en Londres contaban con que sus buques se unirían a las unidades navales norteamericanas, una vez que Japón iniciara su ofensiva. Sin embargo, la mañana del 8 de diciembre, además de enterarse de que el Ejército Imperial Japonés desembarcaba en Malasia, los jefes de la defensa de Singapur recibieron la desagradable noticia de que cuatro de los ocho acorazados de la Flota del Pacífico Norteamericana habían sido hundidos y los otros cuatro estaban demasiado dañados como para poder navegar.

El almirante Thomas Phillips, comandante de la “Fuerza Z”, sabía que estaba solo ante el dominio japonés del mar y del aire. La prudencia aconsejaba esperar en el puerto y retirarse si Singapur llegaba a caer. Pero la “Real Fuerza Aérea” y el “Real Ejército” estaban luchando una batalla desesperada para defender Singapur, una fortaleza diseñada para ser inexpugnable si se la atacaba por mar. El problema para los británicos era que los japoneses habían tenido la descortesía de desembarcar tropas y estaban avanzando hacia su objetivo por tierra.

El 9 de diciembre de 1941, el “Prince of Wales” y el “Repulse” zarparon para atacar los convoyes japoneses que llevaban tropas y suministros a la Península Malaya. Su presencia logró descalabrar momentáneamente los planes japoneses, pero no pudieron hallar los transportes nipones, que fueron retirados del sector. Al día siguiente, el almirante Phillips se convenció de que había perdido el factor sorpresa, de modo que decidió retornar a Singapur. Mientras lo intentaba, fue interceptado por torpederos y bombarderos japoneses basados en tierra, que mandaron al fondo del mar a las dos poderosas unidades británicas.

Al terminar el día 10 de diciembre de 1941, los Aliados contaban apenas con cuatro buques capitales en todo el Pacífico: el acorazado “USS Colorado”, que estaba en California, y tres portaaviones norteamericanos, que escaparon providencialmente del ataque a Pearl Harbor y que serían claves para convertir el sombrío panorama de diciembre de 1941 en las victorias que pondrían de rodillas a la poderosa Marina Japonesa.

Abajo, una fotografía tomada desde uno de los aviones japoneses. El humo procede de la violenta explosión que acaba de sacudir al acorazado “USS Arizona”, que se hunde rápidamente. Los acorazados están alineados, de modo que ofrecen un blanco perfecto con sus enormes siluetas. Los acorazados “Oklahoma”, “West Virginia”, “California” y “Nevada” quedaron ese día también fuera de servicio. El “Pennsylvania”, el “Tennessee” y el “Maryland” sufrieron daños de diversa consideración. Sus numerosos y potentes cañones nada pudieron hacer ante los pequeños aviones que, con unos cuantos torpedos o bombas los convertieron en chatarras humeantes.




sábado, 10 de diciembre de 2016

Pinochet, diez años depués

Pinochet, diez años después.

Fallecido hace un decenio, el general Augusto Pinochet Ugarte, Comandante en Jefe del Ejército y Presidente de la República, es uno de los personajes más influyentes y controvertidos de la historia de Chile. Hasta con su funeral causó polémica. Sus detractores en el gobierno de hace diez años lo odiaban demasiado como para darle un funeral de Jefe de Estado, aunque no pudieron evitar que 50.000 personas fueran a despedirlo mientras se mantuvo la capilla ardiente en la Escuela Militar.

El 11 de septiembre de 1973, encabezó un golpe de Estado que sacó de La Moneda al Presidente Salvador Allende. El también llamado “pronunciamiento militar” (ambas expresiones son válidas académicamente) fue la acción defensiva de una sociedad acostumbrada a la libertad, que se había visto agredida por los apetitos imperialistas de la Unión Soviética y de su extensión caribeña castrista. Buena parte de los funcionarios y simpatizantes de Allende fueron víctimas de duras medidas represivas, que incluyeron desde la cárcel y el exilio, en la mayoría de los casos, hasta la tortura y la ejecución en algunos cientos de casos, con el beneplácito o la indiferencia de la mayor parte de la sociedad chilena, que sintió alivio cuando los militares decidieron terminar con el experimento allendista. A pocos se le escapaba que el objetivo final de la Unidad Popular no podía ser otro que la llamada "dictadura del proletariado", un sistema político que mantiene unos cuantos ejemplares en el mundo, como Cuba y Corea del Norte, y que ha sido lo bastante estudiado, como para ahondar aquí en sus errores y horrores.

A la izquierda radical, socialista y comunista, se unió al poco tiempo la Democracia Cristiana en la oposición a la dictadura militar y algunos de sus militantes y simpatizantes también recibieron la atención de las policías y de los servicios de inteligencia del régimen. El reproche más serio que se ha hecho al gobierno que Pinochet encabezó en nombre de las Fuerzas Armadas y Carabineros fue justamente la manera violenta de lidiar con, al menos, una parte de la oposición. Los muertos, los torturados o los detenidos sin un debido proceso no podrían formar parte del “legado” de ningún gobierno; a lo más, pueden considerarse un mal tolerado en aras de un bien mayor, argumentado por todos quienes apoyaron activamente al gobierno militar chileno; a saber, el orden interno, la recuperación institucional y el mantenimiento de la independencia nacional. Sobre estas violaciones a los derechos fundamentales de las personas volveré luego.

Sí puede (y objetivamente debe) considerarse un legado del gobierno de Pinochet el excelente estado político-institucional y económico en que entregó un país que recibió como devastado por una guerra. De hecho, Pinochet le evitó a Chile la tragedia de la guerra en 1978, cuando logró superar la crisis fronteriza con la hermana República Argentina, gracias a una muy chilena mezcla de diplomacia y disuasión militar, llena de apariencias y picardías, que lograron engañar a los altos mandos argentinos, quienes seguramente terminaron dudando del éxito de una invasión que llevaban años planificando y que parecía fácil en el papel, debido a las estrecheces que la “Enmienda Kennedy” imponía en el equipamiento militar chileno. La enorme influencia política y moral del entonces recién elegido Juan Pablo II fue también una fuerza decisiva para evitar la guerra en 1978 y conseguir la firma del Tratado de Paz y Amistad en 1984.

Mientras los militares argentinos desviaron su atención hacia el Atlántico Sur, los militares chilenos y los miles de civiles que colaboraban en el gobierno concentraron la suya en dotar al país de una nueva estructura institucional que, reformas más o menos, aún corresponde, en la obra gruesa, al ordenamiento constitucional que hoy rige a la República y bajo cuya sombra Chile ha retomado las sucesiones de autoridades democráticas y la fama de “Estado en forma”, que lo ha honrado desde los días de Portales.

Menos atendida, pero tan decisiva como la institucionalidad jurídica y la economía, la reforma administrativa que dio nacimiento a las actuales regiones es seguramente una de las innovaciones más trascendentales de los últimos cien años. El territorio nacional fue estructurado en una serie de nuevas y mayores unidades mucho más eficientes y gobernables que las antiguas provincias. Estas nuevas regiones no sólo se han vuelto más ricas, mejor administradas y más autónomas; además el nacimiento de las regiones prestó a los chilenos que no viven en Santiago (es decir, la mayoría) un sentido de identidad y pertenencia a su “patria chica” que retroalimenta, en un círculo virtuoso, el mismo proceso de mejoramiento de la administración y de aumento de la calidad de vida de las personas que viven en regiones. Las recientes reformas a la regionalización, algunas ejecutadas, como la división de Tarapacá, otras propuestas, como la división de Bío Bío o la elección popular de intendentes, parecen perder de vista el sentido técnico que debe estar detrás de la administración interna del Estado. Es de esperar que no afecten en demasía la esencia de un sistema que, en general, ha sido tremendamente exitoso desde su implementación en diciembre de 1976.

Pero todos estos logros y cien más que halláremos en el legado del Gobierno Militar no pueden desviar para siempre la mirada que la historia debe orientar hacia las numerosas violaciones a los derechos fundamentales de muchas personas, por parte de agentes del Estado entre 1973 y 1990 ¿Pudo haber sido diferente? ¿Pudo haberse salvado Chile y haber administrado sus luchas intestinas sin el ingrediente sangriento que ha estado presente en todas las luchas civiles de todas las sociedades existentes desde que la historia se empezó a registrar? Chile ha sido distinto y único en muchos aspectos, pero no lo fue en éste y es poco probable que los actores políticos hubieran hallado una salida sin violencia a lo que era, en el último trimestre de 1973, una guerra civil a punto de estallar.

A riesgo de volverme muy impopular, diré que, tanto como el golpe de Estado fue una respuesta defensiva a una agresión externa, las violencias dirigidas contra ciertos sectores de la oposición no pudieron ser del todo inesperadas. En sí mismas, eran consecuencia de la decisión de llevar adelante el golpe. No podía esperarse que todos los adherentes de la Unidad Popular se sentaran a ver cómo les quitaban el poder, especialmente si pensamos que aspiraban a nada menos que el poder total y si pensamos que ellos mismos habían amenazado con el uso de la fuerza para consolidar ese poder, incluso antes de la ocurrencia del golpe. Traicionados por La Habana y por Moscú, carentes de los recursos necesarios para luchar de igual a igual con los uniformados chilenos, los izquierdistas más recalcitrantes y exaltados se pudieron limitar a una guerrilla que, en poco tiempo, había perdido toda posibilidad real de arrebatar por la fuerza el poder al gobierno de Pinochet. Habría que esperar hasta fines de la década de 1980, para que la violencia de las protestas y nuevos movimientos guerrilleros llegaran a ser lo bastante serios como para comprometer la estabilidad del gobierno.

Era una guerra y nadie en su sano juicio puede esperar que los militares actúen en una guerra como si no estuvieran en guerra (perdonando las reiteraciones). El problema y el reproche al gobierno militar no arrancan de la lucha en sí misma, cuando fusiles se enfrentan a fusiles, incluso si eso ocurre en las condiciones irregulares, violentas y llenas de odio del enfrentamiento interno de un país. El reproche tiene su punto de partida en la manera de tratar al adversario, una vez que éste ya no está en condiciones seguir luchando, porque fue herido, porque fue arrestado luego de rendirse o porque nunca participó activamente de la lucha, no obstante lo cual, sigue sufriendo violencias, como detenciones arbitrarias o interrogatorios acompañados de tortura. En este contexto, esos atropellos a los derechos fundamentales de esas personas deben ser considerados como crímenes de guerra, una expresión categórica, viniendo de alguien que tiene y ha tenido familia directa que ha tenido el inmenso honor de vestir los gloriosos uniformes de nuestras Fuerzas Armadas.

¿Fue justo perseguir judicialmente esos crímenes? ¿Es justo todavía, 43 años después? Es una pregunta que nunca he sido capaz de responderme, porque no me atrevo a juzgar a esos hombres que tuvieron que hacer frente a un tipo de agresión para el que nuestros militares y carabineros no estaban preparados y ante el que tuvieron que ir improvisando. La acción militar, cuando debe proteger la independencia de la nación a la que se debe, tiene como objetivo colocar al agresor externo (el marxismo internacional, aunque contara con chilenos en sus filas, era un ente externo, que obedecía a gobiernos extranjeros) en situación de no poder continuar o repetir su agresión ¿Había otra forma de lidiar con algo tan violento como el marxismo? ¿Bastaría con haber recurrido al exilio en el caso de los extremistas más violentos? ¿Habrían renunciado a usar la violencia nuevamente? La compleja administración del pasado en países que sufrieron dictaduras comunistas debe hacernos pensar en este dilema histórico y moral, y no limitarnos a levantar dedos acusadores desde la comodidad de una sociedad que está en paz, para bien o para mal, gracias o, al menos, a consecuencia de lo que hicieron los miembros de las Fuerzas Armadas, Carabineros y los servicios de seguridad asociados.

En todo caso, la pregunta tiene pocas consecuencias prácticas. Los militares y civiles acusados de violaciones a los derechos fundamentales, de hecho, se han sometido al escrutinio público y al juicio de los tribunales que, casi siempre, los han condenado a severas penas. El mismo Pinochet, al arriesgarse en un plebiscito y someterse a las reglas de la democracia, corría ese riesgo y lo asumió del todo cuando fue llevado ante los tribunales, que nunca pudieron emitir una condena en su contra, incluso contando con la animosidad de la mayoría aplastante de la judicatura y los medios de comunicación.

Si algo no se puede decir es que en Chile hubo impunidad para los que cometieron crímenes de guerra desde el Gobierno Militar, una afirmación que podría buenamente hacerse respecto de quienes toleraron, fomentaron e hicieron uso de la violencia desde la oposición al mismo; muchos de los cuales han ocupado e incluso ocupan cargos públicos, para quienes se ha aplicado y aún existe una especia de Ley de Amnistía tácitamente promulgada.


Hay muchas respuestas que no somos capaces de dar respecto de Augusto Pinochet y su gobierno. Sin embargo, para poder aspirar a hacerlo, es bueno que, de una vez por todas, estemos dispuestos a convertirlo en objeto normal de estudio histórico y deje de ser objeto de esa mezcla de odio y temor supersticioso que, aún después de 10 años de muerto, sienten hacia su persona los que se declaran sus opositores.

Abajo, fotografía aérea de la multitud que presentaba sus respetos al fallecido general, durante su velatorio en la Escuela Militar.

Imagen tomada de http://www.losandes.com.ar/files/image/2006/12/11/153846.jpg


domingo, 4 de diciembre de 2016

Hace 100 años. 4 de diciembre de 1916. Primera Guerra Mundial. El Último César



Hace 100 años
4 de diciembre de 1916
Primera Guerra Mundial

El Último César

El 28 de noviembre de 1916, se produce la primera incursión diurna de un avión alemán en cielos británicos. El dirigible está siendo desplazado como arma de bombardeo y observación. Los aviones se especializan y pronto habrá modelos capaces de cazar a los dirigibles en las alturas por las que se desplazan. Asimismo, se desarrollan modelos de bombardeo con mayor capacidad de carga de bombas y mayor alcance. Durante la Gran Guerra, lo más parecido a un bombardero estratégico sería el ruso “Sikorsky Ilya Muromets”, que alcanza a ser poco más que una curiosidad. Otros ejemplares, más pequeños y menos ambiciosos, como el “Gotha” alemán, llegarán a ser temidos por los soldados en tierra, aunque no llegarán a ser peligrosos para los civiles en el grado en que modelos posteriores llegarán a serlo en la siguiente guerra.

En estos días finales de noviembre y comienzos de diciembre, la situación es confusa en Grecia, un país partido por la mitad, que no termina de saberse si está en guerra y contra quién. Las negociaciones diplomáticas no han podido destrabar la disputa entre el gobierno del Rey Constantino, el gobierno rebelde de Venizelos y las tropas de la Entente que ocupan parte del país, luchando contra los Imperios Centrales en Macedonia. El 1 de diciembre, vence el ultimátum presentado al rey a través del almirante francés Louis Dartige du Fournet, que exige la rendición de diez baterías de artillería de montaña. Para apaciguar a sus propios jefes, sin desatar una confrontación abierta, el almirante francés advirtió a Constantino que desembarcaría una pequeña fuerza de infantes de marina para ocupar algunas posiciones estratégicas en Atenas, hasta que el rey y su gobierno aceptaran las demandas de la Entente. Constantino manifestó que los ciudadanos y el ejército se oponían al desarme de las fuerzas griegas, y sólo pudo prometer que él no daría orden de atacar a las fuerzas de desembarco, a menos que agredieran a los griegos.

El ultimátum fue presentado el 24 de noviembre. Para el día 29, el gobierno monárquico había resuelto rechazar las exigencias de Francia y Gran Bretaña, de modo que se preparó a resistir el desembarco por la fuerza, incluyendo el llamado de reservistas. Al producirse el desembarco del 1 de diciembre en El Pireo, alrededor de 20.000 soldados griegos habían ocupado ciertos puntos clave de Atenas, aunque tenían órdenes de no abrir fuego, a menos que se les disparara primero. En la madrugada del 1 de diciembre, los Aliados desembarcaron 3.000 infantes de marina. Al dirigirse a los puntos que debían ocupar en Atenas, se encontraron con que ya estaban ocupados por tropas griegas. Durante dos horas, las tropas de uno y otro bando estuvieron mirándose las caras, sin saber qué hacer, hasta que alguien hizo un disparo en algún punto de la línea y se desató la batalla.

Una vez que la batalla se propagó por la ciudad, el rey propuso un cese al fuego a Du Fournet, que aceptó gustoso, pues esperaba encontrar resistencia organizada y estaba corto de hombres y suministros. Sin embargo, antes de poder consolidar un acuerdo, la batalla se reanudó, incluyendo el ataque de las baterías de artillería griegas sobre el cuartel general del almirante francés y la respuesta de los cañones del escuadrón naval franco-británico, que dejaron caer su fuego sobre algunos sectores de la ciudad. Para evitar una escalada, las partes retomaron las conversaciones y, hacia el final de la tarde, la batalla había terminado, dejando un saldo de 194 bajas entre las fuerzas de la Entente y 82 caídos entres los griegos, sin contar civiles. Temprano, en la mañana del 2 de diciembre, todas las tropas aliadas habían sido evacuadas de vuelta a sus buques.

El rol de los venizelistas nunca quedó del todo aclarado. Hay versiones para todo los gustos. Algunos testimonios afirman que los venizelistas lucharon codo a codo al lado de los franco-británicos, combatiendo a las tropas del ejército realista. Según esta versión, los venizelistas habrían seguido combatiendo y se rindieron mucho después de que Du Fournet se retirara con sus hombres. Al rendirse los venizelistas, grandes cantidades de armas, facilitadas por los franceses, fueron halladas y sólo la escolta provista por el rey para los prisioneros evitó que fueran asesinados por la turba ateniense enfurecida. El propio almirante francés afirmó que sus tropas recibieron sustancial ayuda de los venizelistas y que él y sus hombres quedaron envueltos en una guerra civil. Otros historiadores, en cambio, incluyendo al contemporáneo (y pro monárquico) Pavlos Karolidis, niegan que los venizelistas hayan luchado contra sus compatriotas y afirma que las armas más peligrosas halladas en sus casas eran cuchillos.

Ciertas o no las acusaciones, los militares realistas aprovecharon la oportunidad de aplastar el movimiento venizelista en Atenas, procediendo al arresto de cientos de partidarios, supuestos o reales, de Venizelos, incluyendo al alcalde de Atenas, Emmanuel Benakis. En medio de las violencias, que siguieron por varios días, 35 personas perdieron la vida. El 2 de diciembre, Francia y Gran Bretaña reafirmaron que el único gobierno griego legítimo era el presidido por Eleftherios Venizelos en Salónica, rompiendo definitivamente con el Rey Constantino. El pobre manejo de la situación le costó el puesto al almirante Du Fournet. La batalla y sus resultados también influyeron en la caída del gabinete de Herbert Asquith, en Londres, que sería reemplazado por David Lloyd George como Primer Ministro. En París, Aristide Briand también tuvo que hacer ciertos ajustes en su gabinete.

La muerte de Francisco José, el 21 de noviembre, dio paso a Carlos I como Emperador de Austria y Rey de Hungría. Tras finalizar sus estudios universitarios, Carlos había servido como oficial en el “Real e Imperial Ejército”, siguiendo la carrera típica de los varones de la casa imperial. El matrimonio morganático de su tío, el archiduque Francisco Fernando, y la temprana muerte de su padre, el archiduque Otto, convirtieron a Carlos en heredero al trono, una posición que se volvió muy tangible cuando el primero fue asesinado en Sarajevo, en junio de 1914, y Carlos se ubicó como el primero en la línea sucesoria, justo por detrás del anciano Francisco José. A pesar de que Carlos podría ascender muy pronto al trono, Francisco José insistió en que el heredero siguiera sirviendo en el ejército, apartándolo de las actividades políticas, que habrían servido de buen entrenamiento, para el momento en que tuviera que ejercer el poder. Cuando se produjo la crisis de julio de 1914, Carlos ni siquiera participó como observador de las discusiones que llevaron al estallido de la Gran Guerra, lo que da una idea de hasta qué punto estaba desconectado de las dinámicas del gobierno. Francisco José tuvo una buena relación con Carlos, a diferencia de las asperezas constantes de su relación con el asesinado Francisco Fernando y con su propio hijo, Rodolfo, que se había suicidado en 1889. Y si lo apartó de toda función de gobierno fue posiblemente porque el anciano monarca había llegado al trono muy joven, con apenas 18 años, y era incapaz de asumir el punto de vista de un heredero al trono.

En 1911, Carlos se había casado con Zita de Borbón-Parma, de quien nació el último heredero coronado del trono imperial, Otto de Habsburgo, en 1912. La pareja vivió un matrimonio descrito como feliz y armonioso, y produjo otros siete hijos, tres de los cuales llegaron al mundo durante el exilio. Zita era además una elección que llenaba el gusto del anciano Francisco José. Como hija de Roberto, último soberano del Ducado de Parma, la heredera provenía de una casa soberana, aunque estuviera derrocada y hubiera estado viviendo en Viena desde la unificación italiana. Zita además era una devota católica y había sido criada para creer fervientemente en la monarquía.

Abajo una fotografía oficial, tomada en 1914, de Carlos, Zita y el pequeño archiduque Otto.

Imagen tomada de http://cdn-2-wdh.habsburger.net/files/styles/chapter_main/public/originale/pf32206e20.jpg?itok=NLid3kQv 




Hace 75 años. 4 de diciembre de 1941. Segunda Guerra Mundial. El Informe Jäger



Hace 75 años
4 de diciembre de 1941
Segunda Guerra Mundial

El Informe Jäger

Las cosas empiezan a complicarse para la “Wehrmacht” en Rusia. El 28 de noviembre de 1941, el 3er Cuerpo Panzer es obligado a evacuar Rostov del Don, en el sector meridional del frente, por falta de suministros. La ciudad es reocupada por los soviéticos ese mismo día. Es la primera ciudad liberada por el Ejército Rojo, aunque volvería a perderla a manos de los alemanes. Frente a Moscú, el mismo día, la 7ª División Panzer cruza el Canal Volga-Moscú, usando el puente Yakhroma, 37 kilómetros al norte de la capital soviética. Sin embargo, la punta de lanza alemana sería rechazada al otro lado del canal al final de esa misma jornada. El 4 de diciembre, los termómetros marcan -37º Celsius en algunos sectores del frente. La ofensiva alemana sobre Moscú ha sido, de hecho, detenida por el clima, por la mala logística y por un aumento en la resistencia de los soviéticos, que están empezando a pelear en serio. El alto mando alemán resuelve pasar a la defensiva, confiado en que los rusos ya no tienen reservas y no tienen más opción que hacer lo mismo que ellos. Los generales alemanes, sin embargo, no saben que los soviéticos han concentrado 58 divisiones para contraatacar en Moscú, detrás de los cinturones defensivos que rodean la ciudad. El Ejército Alemán está a punto de conocer el amargo sabor de la retirada en el invierno ruso.

El 28 de noviembre, la 7ª División Blindada británica ataca a la 15ª División Panzer, que sigue presionando hacia Tobruk, Libia, a pesar de la superioridad numérica de las fuerzas de la “Commonwealth”. Recién el 1 de diciembre la 4ª Brigada Blindada británica consigue detener a los “panzer” de Rommel. El “Zorro del Desierto” es muy difícil de vencer en tierra, sin embargo, el control de los mares pertenece a Gran Bretaña. El mismo 1 de diciembre, el transporte italiano “Adriatico” es hundido por dos cruceros británicos, que además acaban con los dos destructores italianos que lo escoltaban. El tanquero “Iridio”, parte del mismo convoy, fue hundido por aviones procedentes de Malta, cuyas unidades aéreas habían detectado previamente el convoy en sus vuelos de reconocimiento. La “Royal Navy”, no sin problemas, es la dueña del Mediterráneo y casi siempre se asegura de que sus tropas en África reciban suministros y que los enviados a Rommel terminen en el fondo del mar.

Son los últimos días de paz para Estados Unidos. El 28 de noviembre, en una reunión con el embajador japonés, Hiroshi Oshima, Joachim von Ribbentrop promete que Alemania declarará la guerra a Washington, en caso de conflicto entre Japón y los norteamericanos. Ribbentrop no sabe, sin embargo, que la flota japonesa ya va en camino hacia Pearl Harbor. Ribbentrop tendrá que cumplir su promesa antes de que pase una quincena. El 30 de noviembre, el Gobierno del “Trono del Crisantemo” resuelve proceder con los planes de guerra contra Estados Unidos, Gran Bretaña y sus aliados. El 2 de diciembre, dos poderosos navíos llegan a Singapur, para reforzar la presencia naval británica en Asia; son el acorazado “HMS Prince of Wales” y el crucero de batalla “HMS Repulse”. El Almirantazgo en Londres esperaba que pudieran unir sus esfuerzos a la poderosa flota norteamericana del Pacífico, basada en Pearl Habor. El 2 de diciembre, se difunde la orden a la flota japonesa para conducir el ataque sobre la base hawaiana, programado para el 7 de diciembre, según el huso horario japonés.

El 1 de diciembre de 1941, es evacuado el “Informe Jäger”, un documento cuyo título oficial y completo era “Tabulación Completa de las Ejecuciones Llevadas a Cabo en la zona del ‘Einsatzkommando’ 3 Hasta el 1 de Diciembre”. Los “Einsatzkommando” eran unidades de las “SS” y la Gestapo especializadas en la eliminación de judíos, comunistas, gitanos, intelectuales y, en general, de todos los grupos vistos como enemigos por la tiranía nazi. Usualmente operaban muy por detrás de la línea del avance alemán y su acción fue especialmente mortífera en el Frente Oriental. El 1 de diciembre de 1941, Karl Jäger, coronel de la “SS”, presentó a sus superiores el único informe que ha sobrevivido íntegro, de cuantos daban cuenta de los “logros” de un “EK” en particular. El informe lleva el registro casi diario de la eliminación física de 137.346 personas entre junio y diciembre de 1941, mayormente judíos. Para hacerse una idea de la magnitud de las masacres perpetradas por los “EK”, debe tomarse en cuenta que este informe registra casi 140.000 asesinatos de civiles en su gran mayoría, sólo en un período acotado de tiempo y en una zona muy específica de Lituania, Letonia y Bielorrusia. Si extrapolamos la cifra a toda la Europa ocupada por los nazis, durante la duración de toda la guerra y pensamos en el tiempo que Hitler ya llevaba gobernando el “Reich”, el volumen de la carnicería hiela la sangre.

El informe, de nueve páginas, fue preparado en cinco copias, aunque sólo una sobrevivió, tras ser capturada en 1944, cuando el Ejército Rojo reconquistó Lituania. No fue dado a conocer sino hasta 1963, durante el juicio en ausencia, instruido contra Hans Globke en Alemania Oriental, cuatro años después del suicidio del propio Jäger. Es un relato frío, burocrático y, por lo mismo, estremecedor, de las acciones criminales de los nazis en los territorios ocupados. Recoge, entre muchos otros episodios, la masacre de Kaunas, ocurrida el 29 de octubre de 1941, que fue el mayor asesinato masivo de judíos lituanos durante la guerra. Ese día, 2.007 varones, 2.920 mujeres y 4.273 niños judíos fueron asesinados en un viejo fuerte y enterrados en enormes fosas comunes.

Resultaba común que civiles lituanos, convertidos en milicias, ayudaran a los “EK” en su sangrienta tarea. A menudo, en el antiguo fondo cultual de antisemitismo, se confundía al invasor ruso hereditario, al bolchevique y al judío, en una confusa mezcla de prejuicios antisemitas que no era exclusiva de los lituanos y que se manifestó tan tempranamente como durante la Guerra Civil Rusa (1917-1922).

En un pasaje del informe, Jäger manifiesta que el “problema judío para Lituania ha sido resuelto por el Einsatzkommando 3. En Lituania no hay más judíos, excepto por los judíos trabajadores y sus familias (…) Yo deseaba matar también a estos judíos trabajadores, incluyendo sus familias, lo que sin embargo atrajo sobre mí las ácidas críticas de la administración civil y del Ejército.”

El Holocausto estaba en marcha.

Abajo, una imagen digitalizada del informe original.



¿Nació realmente Jesús el 25 de diciembre del año 1 a. de C.?

  Hace poco, leí un artículo de National Geographic, escrito por una supuesta “especialista”, que repetía algunas tonterías, que de tanto se...